La linea del Ecuador

Hace dos madrugas alguien vio un viejo cuchillo...

Luna

Nuevas investigaciones detectaron grietas en la corteza de la luna...

Los Gorriones

Muchas veces veo revolotear gorriones cerca de los autos, en los jardines...

30 de marzo de 2008

Déjate convencer

Alguna vez pensé, creo que aún lo pienso, todas las cosas que me gustaría hacer en mi vida. No me refiero a metas tan triviales como tirarme de un paracaídas, aprender a tocar la guitarra y recorrer los bares de las ciudades como si fuera uno de los trovadores mas importante de Sudamérica, ni ganar el Quini 6 o ser el mejor futbolista del mundo y a pesar de las grandes ofertas económicas que llegan de los clubes más importantes prefiero quedarme en Sporting para poder llevar al equipo a jugar la Copa Libertadores. Me refiero a cosas un poco más tangibles, más reales y hasta quizás no tan imposibles. Tener un familia, un buen trabajo sin jefes molestos, una linda casa antes de cumplir los 35 años como para poder disfrutarla un poco mas, buenos amigos, cenas con mesas grandes, con muchos platos, muchos cubiertos.
Inclusive en este momento no me parece que esto esté mal. Quiero decir que el querer todas esas cosas es importante. El querer debe ser una pieza fundamental para el tener. Si no quiero no tengo. Si no sueño no vivo. Si no hago no estoy complemento. Hace un tiempo escuché una entrevista que le hacían a Ismael Serrano en televisión. Si mal no recuerdo fue en el programa TVR en algún día perdido de 2007. Él decía que una vez le preguntaron a Eduardo Galeano para que servían las utopías. El escritor dijo que esa era una pregunta que se había hecho muchas veces. Porque en su meditación deducía que las utopías siempre estaban muy lejos de uno. Estaban mucho más adelante que nuestro cuerpo y nuestro presente. Y nosotros siempre vamos tras las utopías, y entonces durante años hacíamos un esfuerzo enorme para acércanos a ella. Con mucho dolor, sacrificio, llanto, damos un paso hacia ellas. Nos cuesta mucho pero lo hacemos, damos un paso. Estamos satisfechos por eso pero cuando levantamos la vista vemos que como si fuera una desagradable burla del destino las utopías también dieron un paso hacia delante y la distancia que nos separa sigue siendo la misma.
A pesar de esto no caemos. Estamos convencidos de que en esas utopías están nuestros sueños, nuestros objetivos. Entonces nos ponemos fuertes, y volvemos a mover los pies. Volvemos a dar otro paso que cuesta tanto o más que el primero, pero lo damos. Y ahí sí, la soberbia humana nos da un rato de placer: “Pude, no me ganó. Yo pude dar otro paso a pesar de las dificultades”. Es un nuevo momento de felicidad, de plenitud, de goce. Cuando levantamos nuevamente la cabeza y vemos cuanto nos falta para llegar, nuestros ojos se llenan de miedos, de preguntas, de por que. Vemos atónitos sin poder, o sin querer, creerlo que nuestras utopías se han alejado un paso más. La distancia sigue siendo la misma. Entonces en ese momento, ya cansado de tanto esfuerzo por nada, nos preguntamos seriamente para que sirven las utopías. Pues, concluiría Galeano, las utopías sirven para eso, para caminar…
Esto que escribí suena bastante bien. Claro es una teoría, la práctica suele ser por lo general mucho más difícil y más dolorosa. Con sensaciones físicas mucho más concretas, mucho más insoportables. Por eso pensaba hasta que punto es necesario someternos a eso. Donde está el delgado límite que separa lo necesario de lo exagerado. La conclusión no es muy relevante. No van a resolver el misterio de la vida ni descubrir el secreto de la felicidad leyendo estas líneas. Creo que las utopías, en su justa medida, son necesarias. Son básicas. Son una innegable fuente de energía en nuestras vidas. El error que solemos cometer, suelo cometer, es levantar la vista después de dar un paso y mirar más allá. Pensar en que seguimos igual de lejos. Dale importancia a eso en lugar de ver que a pesar de eso, nos movimos. No vemos lo bueno que trajo ese paso sino que nos lamentamos porque seguimos igual de lejos de algo que es imposible de alcanzar. Eso nos pone tristes, nos empobrece el presente, el día a día. En lugar de llenarnos por lo que tenemos gracias a nuestro esfuerzo, ese pequeño paso, nos vaciamos pensando en lo que no tenemos. En lo que falta.
No creo que todas las personas sean así. A ver, no todos somos iguales. Si estas hoy leyendo este blog te das cuenta de eso. Si tenés dos centímetros de vida recorrida, y un cuarto de baldosa de calle caminada ya te diste cuenta de eso. Todos tenemos una marca que durante mucho tiempo pensé que era inamovible. Que era lo más parecido a los genes. Algo que es así desde que nacimos y va a ser así hasta el último de nuestros días. Me refiero a la esencia. No hace mucho apareció esa palabra en vida. Hace poco mas de dos años alguien me dijo “la esencia no cambia” y me lo creí. Durante mucho tiempo lo creí. Hoy no estoy tan seguro de eso. Hoy siento que cambia, que es algo muy difícil y que cuesta mucho pero hay ciertos rasgos de nuestra esencia que cambian si realmente sentimos algo que nos invita a hacerlo.
Como les conté en el primer post de este blog hace un tiempo que estoy leyendo el libro “El Interior” de Martín Caparrós. Este libro me lo recomendó alguien a quien quiero mucho. Y justamente ese alguien es quien me dijo eso de que “la esencia no cambia”. ¿Te acordás Ro? No sé si lo tenés presente. Yo mucho, mucho mas de lo que pensás. Hace unos días me topé con un texto en ese libro que habla justamente de esto. Y me sorprendió, me sorprendió gratamente. Lo hizo porque hace un tiempo estoy sintiendo esto de que las cosas cambian y ante mi sorpresa lo hacen para bien. En su libro Caparrós está buscando algo que nos identifique como país. Algún punto en común que nos diga que todos somos argentinos. Entonces recorre pueblos, los describe, habla con su gente, y saca sus conclusiones.
“(…) Esencia es una gran palabra; yo trato, si acaso, de encontrar rasgos comunes. Sobre la noción de esencia se construyeron proyectos detestables, los fascismos: la idea conservadora, tradicionalista, de que, como hay una esencia, debemos recuperarla, volver al pasado donde habría existido. La noción de esencia supone que hay cualidades inmutables, que no dependen de las circunstancias históricas y que, por lo tanto, no se podrán cambiar. Y que si nos va mal es porque somos así y siempre lo seremos; la idea inmovilista tan brillantemente sintetizada por el maestro Maradona cuando dijo que “estamos como estamos porque somos como somos”. Yo prefiero creer en la historia, en lo que cambia todo el tiempo. Y cuando escucho la palabra esencia saco mi revolver.”
Hoy me quedo con esto. Es increíble la mente humana y como, quizás nuestra debilidad, nos lleva a tomar estas casualidad como algo no casual. Si prestamos atención minuto a minuto nos cruzamos con palabras, carteles, textos, o preguntas que se relacionan con algo que estamos viviendo y nos decimos muy seriamente, y con pensamiento casi astrológico, “es una señal”. No sé si será así, sí sé que me pasó muchas veces. Que muchas veces me dije esto es una señal. No estoy tan seguro que lo sea, me inclino más por el lado de nuestra mente y sus juegos constantes con la realidad.
Hoy siento que la esencia cambia. Que la mía está iniciando un leve y lento camino de cambió, de maduración, de aprendizaje. Que hoy no soy el mismo que ayer, ni que hace 20 días, ni el de dos meses atrás, y que tampoco soy el mismo que mañana. Yo no lo soy, y mi esencia tampoco lo es. Cambia, rota constantemente, espero y deseo que para mejor pero eso es algo que por ahora seguramente no descubriré. Por ahora solo cambia y bienvenido sea ese cambio. Necesario es ese cambio. Las cosas ya no son iguales y esta pérdida, a diferencia de muchas otras, es positiva. Hoy mi esencia y yo seguimos pensando en las utopías, seguimos levantando la cabeza y viendo que la distancia sigue siendo la misma. Pero claro, como dije en algún texto anterior, el paisaje es otro. En realidad siempre lo fue, pero hoy lo puedo apreciar. Hoy mientras charlábamos y tomábamos unos mates amargos con mi esencia nos dimos cuenta que las utopías siguen allá lejos pero que mis pasos son cada vez más constantes. Igual que hace años, igual que hace meses, solo que hoy me doy cuenta y sigo con un poco más de luz, de esperanzas. Las utopías me miran desde la misma distancia que siempre, me miran y me dicen “déjate convencer”. Y yo me dejo…

27 de marzo de 2008

Pasiones y Virtudes

Antes de que este planeta estuviera habitado por hombres y mujeres, vivían en él, pasiones y virtudes. En el planeta Tierra estuvieron viviendo durante cientos y cientos de años, durante toda una eternidad pasiones y virtudes, que se aburrían de lo lindo viendo el transcurrir de los siglos. Así cada día trataban de inventar un juego nuevo al que jugar para que se hiciese más llevadera la larga, larga, larga existencia. Solía ser la imaginación la que proponía los juegos y un día propuso jugar al escondite.A todos les pareció bien, todos estaban entusiasmados con la idea, pero claro, ¿quién se la liga? La primera en levantar la mano fue la locura: ¡yo, yo me la ligo! la locura...Bueno está bien pues ¡bueno, a contar!, pone la cara contra ese árbol y comienza la cuenta mientras nos escondemos. La locura se dio la vuelta, volvió su cara contra la corteza del árbol y empezó a contar una cuenta imposible: 1, 7, 2, 55, 88, 3...y una a una se fueron escondiendo todos y todas.La locura seguía su cuenta y cada uno iba buscando el lugar más apropiado en el que pensaban que la locura no los encontraría, poco a poco se fueron escondiendo todos excepto uno que tardaba en encontrar su lugar apropiado, ese era el amor. Y es que ya sabes que el amor es bastante indeciso y andaba de un lado para otro buscando donde meterse. La locura seguía con su cuenta 55, 6, 99, 100 ¡voy! Se dio la vuelta y el amor se metió en el primer lugar que vio. Se metió de un salto en un matorral de zarzas que había allí cerca, allí se coló y se quedó agazapado con la esperanza de que no le viera, y no le vio.A quien primero se encontró la locura allí tumbada fue a la pereza, a la imaginación la vio entre las nubes, a la mentira la vio allí pero como era mentira, estaba allí, la mentira...Y así uno a uno fueron apareciendo todos, la locura fue encontrándolos a todos.Al poco rato faltaba solamente uno por encontrar, aquel era el amor. Es que ya sabéis que encontrar el amor es bastante difícil. El juego ya empezaba a hacerse pesado, así que la locura empezó a impacientarse: amor sal ya, que se hace tarde... Pero el amor ya sabes que es muy indeciso y no solamente uno tarda en encontrarlo sino que a veces tarda demasiado en salir a la luz. El amor asustado no salía. La envidia, que suele preocuparse más de los demás que de sí misma, se acercó al oído de la locura y le dijo: el amor está oculto en esas zarzas. La locura muy enfadada fue hacia las zarzas y gritó: ¡Amor sal ya, se nos hace tarde! Pero, creo que os he dicho ya, que el amor es indeciso y que una vez que lo encuentras es difícil de sacarlo. La locura muy enfadada trató de meter la mano entre las zarzas para sacar al amor de las solapas con la mala fortuna que se pinchó con una espina y es que a veces hacer salir al amor es doloroso. La locura muy enfadada arrancó una bara que había en el matorral y empezó a agitarla entre las ramas. De repente, sonó un grito. De entre las ramas de las zarzas salió el amor con las cuencas de los ojos ensangrentadas, la locura en su locura, al agitar la bara entre las zarzas, le había sacado los ojos al amor dejándolo ciego para siempre.Todos se quedaron muy callados mirando al amor con las cuencas vacías, sin saber qué decir, nadie. Quizá aquella fue la única ocasión en la que la locura habló con un poquito de cordura, porque dijo no os preocupéis, desde ahora yo seré sus ojos.Y es por eso que desde entonces, familiares y amigos, el amor es ciego y la locura son sus ojos.

PD. Este texto no sé a quien pertenece, pero se lo escuché por primera vez a Ismael Serrano en un recital y desde entonces para mí es suyo.

24 de marzo de 2008

Plaza Mitre

Vivo a dos cuadras de Plaza Mitre. No lo busqué, fue por casualidad. Un día de Septiembre, mientras soñaba compartir mi vida con alguien que hace más de un mes decidió irse sin muchas más explicaciones que un simple no te amo más, compré el diario y ahí estaba. Un aviso decía que por estos lados había un departamento libre y una semana después los papeles dijeron que era mío por los próximos 24 meses. Durante un tiempo fue mi futuro hogar, incluso llegó a serlo durante poco menos de sesenta días, pero hoy es simplemente el lugar donde duermo y recuerdo. La recuerdo.
Mi primer contacto con esta este lugar fue a principio del 2006. Fue un punto de referencia, me dijeron “¿estas por plaza mitre?” y ahí descubrí su nombre y su ubicación. Meses después, cuando llegué definitivamente a esta ciudad, conocí sus rincones.
Descriptivamente podría decir que es conocida como la “Plaza de los Niños”, ya que tiene una gran cantidad de juegos infantiles, una calesita, y también la posibilidad de alquilar triciclos, bicicletas, kartings. Está ubicada en la intersección de las calles Colón, San Luis, Falucho e Hipólito Irigoyen. Como toda plaza mas o menos importante de la feliz, está formada por cuatro manzanas y en su centro se destaca un monumento a Bartolomé Mitre, realizado en piedra por el escultor César Santiago, mientras que, en la esquina de Av. Colón e Hipólito Yrigoyen, se encuentra el "Monumento a la Madre".
En el centro de la plaza, lo que sería la continuidad de las calles Mitre y Brown, hay señales de tránsito para los chicos que pasean por ahí. Senda peatonal, semáforos, carteles de alto, velocidad máxima… La primera vez que vi ese lugar se me vino a la cabeza la imagen de mis días en Buenos Aires. Vivía a dos cuadras del hospital Garraham y justo en la esquina de Pichincha y Garay la Policía Federal tenía un predio que se utilizaba para enseñarles a los chicos las señales de transito. Digo “tenía” porque cuando volví en agosto del 2005 me di cuenta que ese lugar estaba abandonado y todas las cosas que había en esa esquina habían sido derrumbadas.
En Plaza Mitre pasé muchos de mis primeros días en esta ciudad tan difícil. ¿Tan difícil?. Tenía mi banco preferido, cerca de los juegos infantiles y frente a una escuela privada que está sobre calle Falucho. Hoy es extraño pasar y ver que ese banco está, pero solo siguen en pie sus soportes, ya que la tabla para sentarse hace meses que alguien la sacó. Cuando llegué a mardel la mayoría de mi tiempo lo pasaba con mi amiga Lú. Es algo que no sé si alguna vez se lo dije pero supongo que lo sabe. Me ayudó mucho, gran parte mi permanencia acá se la debo a ella. Hoy la veo poco, muy poco. Pero en esos días fue alguien fundamental.
Me acuerdo que casi todas las mañanas me sentaba en ese banco y a la una de la tarde pasaba a buscarla por la escuela de cocina donde estudiaba. Después era caminar, hablar, reír, llorar. Todo comenzó en esa plaza. El catalán Joan Manuel Serrat diría “es caprichoso el azar”. Y lo es realmente. Nunca pensé que terminaría en este barrio. Al mirar para atrás son increíbles las diferencias que encuentro entre ese Ramiro y este. Tenía muchos pensamientos pesimistas que por suerte no se cumplieron, pero también tenía algunos proyectos que nunca terminé de concretar. “Cuando tenga mi casa me voy a comprar la cafetera eléctrica, el símbolo de mi felicidad, y una pelota de básquet” decía por ese entonces. Y bueno, la cafetera la tuve pero duró solo un mes, y la pelota no sé… ya no me motiva tanto. Igual la cancha sigue en la plaza, y cada vez que paso caminando la veo y me acuerdo de esos momentos.
Los edificios que están frente a la plaza son increíbles. No sé si es verdad, pero alguien alguna vez que me dijo que no se dividían en departamentos sino que todos eran pisos completos. Una zona muy lujosa, muy cara. Hoy los veo desde la calle y no estoy tan seguro de la veracidad de ese dato pero hasta que alguien me demuestre lo contrario para mí esos lugares siempre serán así. Lujosos y caros.
Creo que después de los primeros meses acá, cuando por algún motivo dejé de pasar seguido por ese lugar, nunca más relacioné a Plaza Mitre con momentos malos de mi vida. Y si bien nunca me senté a pensarlo seriamente, creí que nunca más lo haría. Claro, me equivoqué.
En febrero de este año mi vieja vino unas semanas de vacaciones. Era un viaje que lo teníamos planeado hace mucho. Finalmente esa fecha llegó pero la realidad nada tuvo que ver con los planes. Menos mal que vino, y que lástima que vino. Llegó justo en el peor momento de mi vida. El peor lejos, tan malo que aún hoy estoy tratando de salir. Y es difícil, y cuesta, y siento que puedo, y siento que no.
Digo ´menos mal´ porque si en esos días hubiese estado sólo no sé como serían las cosas hoy. Ni siquiera sé si las cosas serían. Digo ´que lástima´ porque siento que en esas semanas le arruiné parte de su vida. Le pasé casi todo el dolor que tenía adentro, no fue dividirlo sino que le hice sentir lo mal que estaba pero yo seguía igual. Hace casi dos años que estoy en esta ciudad y uno de mis mayores objetivos siempre fue dejar de darle malas noticias. Pienso que ya es muy difícil para ella estar a 400km y vernos 2 veces por año. Siento que no tengo ningún derecho a agregarle más sufrimiento, más momentos malos. En estos 22 meses pasé hambre, soledad, un miedo indescriptible, pero ella nunca se enteró. Estaba en Casagrande y me decían “Ramiro tenés teléfono, tu mamá” y yo bajaba las escaleras, me secaba las lágrimas, ponía mi mejor voz y le decía “hola bruja… por acá todo bien”.
Costó mucho pero era lo menos que podía hacer. Era una deuda que tenía que pagar, y hasta ese entonces lo estaba haciendo. Es por eso que este Febrero bisiesto fue un paso enorme hacia atrás. Son días que no me voy a olvidar nunca y ojalá me los pueda perdonar. Me refiero a perdonármelos yo, porque sé que de parte de ella no hay reproches. La cosa es que duele ver como fueron esos días. Duele ver lo que le hice, y también lo que me ayudaron a hacerle. Son cosas que no puedo olvidar. Son cosas que pasan, pero no se olvidan ni perdonan. Fueron tres semanas durísimas. Me vio destruido. Nunca antes me mostré así con nadie. Durante 21 días me dormí llorando, empastillado, con ella sentada a los pies de la cama mientras me ponía un trapo frió en la cabeza. Su cara era una piedra, no la vi derramar ni una puta lágrima. Era de hierro. Claro, lo era mientras estaba conmigo, después sé que no…
La noche que se iba, segundos antes de agarrar los bolsos y llamar al ascensor, nos dimos uno de los mejores abrazos que recuerdo. Y ahí no pudo más. Ahí no se aguantó. Yo le pedí, creo que por vigésimo cuarta vez, perdón por estos días. Y ella, con mucho llanto contenido, se aflojó y me dijo “yo lo que quiero es que vos estés bien”.
Fue el fin de sus días de vacaciones en Mar del Plata. Fue el fin del verano 2008. Sus días acá fueron muy monótonos. Yo volvía del laburo, entraba a casa, me sacaba la corbata y le decía de ir a caminar. Salíamos a dar vueltas a la manzana por la Plaza. Hablábamos mil cosas, en realidad yo hablaba y ella escuchaba. Fumábamos mucho, lloraba y ella me decía que me calme. Me sacaba la angustia. Le pedía perdón por el momento de mierda que le hacía pasar. Le decía que no podía más. Que estaba cansado. Que sentía que no podía seguir. Que no lo merecía. Que no sirve hacer las cosas bien. No sirve ser bueno. No sirve ser fiel. No sirve soñar con los ojos abiertos. No sirve plantear problemas en los momentos que uno cree justo con la intención de mejorar. No sirve pensar en el futuro. Después esos momentos se te vuelven en contra. Después no los podés cambiar, después no los querés cambiar.
También le conté la deuda que siento que tengo con mi abuela. Siempre digo que mi abuela se murió de vieja, pero que yo en vida también la maté un poquito. Que en mis días en Buenos Aires, con mis fracasos de pendejo sin calle, le quité un poco de vida. Quizás fueron meses, días, horas, minutos, pero se los quité. Y a mi vieja, justamente en plena Plaza Mitre de Mar del Plata, le pude decir eso. Que me sentía el peor de todos pero que ya no lo quería ser más. Que con mi abuela siento que tengo una deuda enorme y que por nada del mundo quiero también tener esa deuda con ella. Que la vieja se murió y no pudo ver lo bueno que vino después. O quizás sí, quizás lo vio, pero yo no pude ver su cara cuando lo hacía. Su cara de orgullo me la tuve que imaginar. Y le dije que no quería que me pase eso otra vez. Que no quería que en 10 o 20 años cuando ella se muera yo me lamente por estos 21 días de vacaciones. Que si eso pasaba no sabía como iba a hacer para poder vivir con ese peso en las espaldas. Fue la primera vez que me puse a pensar que un día ella no va a estar.
Plaza Mitre tiene mucho que ver con mi vida. Con mis momentos. Hoy paso caminando y veo gente corriendo, paseando, parejas haciendo su mejor papel de novios, jurándose amor eterno, soñando ser felices. También veo personas solas, como cuando llegué en Mayo del 2006, como ahora. Veo parejas peleando, cerrando una historia o haciéndose los que… Y veo chicos, sobre todo eso. Veo parejas paseando con sus hijos. Los veo y me acuerdo de vos, de nosotros. Veo parejas alquilando bicicletas dobles. Los veo y me acuerdo de vos, pienso en que buena forma sería para que de una vez por todas aprendas a usarlas. Veo el sol, los edificios, los amigos, los partidos de básquet.
Eso es Plaza Mitre para mí. La plaza de los niños. La plaza donde dejé lo poco que me quedaba de inocencia. La plaza que en algún momento me volveré a cruzar. La plaza donde quizás las vueltas de la vida me encuentre feliz, alquilando kartings o bicicletas para mis hijos. La plaza donde te lloré como nunca lo hice por nadie. La plaza donde aprendí que un corazón es una riqueza que no se vende ni se compra, pero se regala. La plaza que hoy me da miedo pisar porque me trae muchos recuerdos. Recuerdos de lo que fue, pero sobretodo de lo que pudo haber sido y ya no será.

23 de marzo de 2008

Felices Pascuas


El 20 de Abril de 1987 tenía 7 años.
Tengo grabada una imagen en casa de mi abuela. Estaba sentado en el comedor mirando el viejo televisor telefunken que dejó de funcionar hace ya varios años. Me acompañaban mi mamá, mi abuela y creo que mi hermano. Juntos mirábamos la edición especial de Nuevediario, el noticiero de Canal 9 Libertad.
Por mi edad, nací en septiembre del 79, no tenía noción del último golpe militar en nuestro país, y mucho menos de los anteriores, pero mi abuela y mi vieja estaban con cierta intranquilidad. Y si bien no recuerdo que lo hayan dicho en voz alta, en sus caras creo que había mucho de “¿otra vez?”.
Me acuerdo muchos ruidos de balas. Cronistas con voz agitada. Imágenes fuera de foco tomadas por camarógrafos con manos temblorosas. Fotógrafos escondiéndose detrás de los autos. Mucho movimiento militar, la mayoría llegaba a Campo de Mayo en autos particulares. Los colimbas, confundiéndolos con civiles, no los dejaban dejan pasar y la historia terminaba cuando alguien se bajaba a los gritos y lo cagaba a pedos porque era un superior. Se descargaban con ellos. Recuerdo un colimba retrocediendo con la cabeza baja, asustado, mientras el “superior” se aprovechaba de su jerarquía. Y seguramente de sus nervios por la situación. Las botas no han cambiando mucho desde entonces. La esencia no cambia.
Las imágenes del noticiero seguían. Recuerdo cuerpos tirados en el pasto. Casi desnudos. El fuego que quedaba por los bombardeos iban quemando el pasto y cuando se topaba con esos cuerpos el fuego también ardía. Recuerdo edificios de tejas con techos destruidos, paredes rotas, puertas y ventanas de madera que casi no existían.
También recuerdo la imagen de Alfonsín. En mi casa, mi familia materna, siempre fueron radicales. Años antes de esta situación caótica, el por entonces presidente de la nación venía seguido a hacer actos públicos en la plaza central de Punta Alta. En ese momento era todo un acontecimiento. Quizás en mi inocencia pensaba lo bueno que era que un jefe de estado no se olvide de la gente que vivía en los pueblos. Hoy, un poco más maduro, pienso que la mayoría de la población de Punta Alta está ligada directa o indirectamente a las fuerzas armadas y el motivo de esas visitas seguramente sería tener a esa gente de su lado. Los años negros habían pasado pero no hacia mucho tiempo de eso. Y para que arriesgarse, no? Mejor tenerlos de su lado. Tener a la gente contenta. Además el gobierno municipal por ese entonces también era radical y eso también ayudaba.
Pero quiero volver a esa imagen que me mostraba el televisor. Recuerdo la Plaza de Mayo llena de gente y Alfonsin hablando en el balcón de la Casa Rosada. De la gente presente no había muchos primeros planos pero seguramente la sensación sería muy parecida a la que me demostraban mi vieja y mi abuela. “¿otra vez?”.
Raúl Ricardo Alfonsin fue el primer presidente democrático después de la última dictadura militar en nuestro país. Asumió en el gobierno el 10 de Diciembre de 1983. Habían pasado menos de cuatro años de aquel día. Siempre fue, o al menos así lo recuerdo, un tipo con un discurso fuerte, convincente. Por sus dichos, por su tono voz y por su imagen. Cualquiera que halla vivido esa época, o cualquiera como yo que halla leído algo de la historia argentina, no puede olvidar su discurso al asumir la presidencia de la nación: “con la democracia no sólo se vota, con la democracia se come, se educa y se cura”. Palabras muy fuertes en un momento muy fuerte.
Ese día en el balcón de la Casa Rosada también dijo palabras fuertes. Me acuerdo que en un momento informó que en ese mismo momento iba a ir a reunirse con los carapintadas encabezados por el teniente Aldo Rico, un militar que años después aprovecharía la democracia para llegar al poder. La gente estalló en un grito de aprobación y seguidamente la TV mostró un auto negro en el cual el máximo jefe de los argentinos se dirigía a hacer lo que minutos antes prometió a su pueblo. Recuerdo a mi vieja diciendo “se va a reunir con los militares, lo van a matar”.
La espera fue larga aunque yo no recuerdo cuanto tiempo pasó. Si tengo la imagen del regreso. Del auto negro con dos banderitas argentinas flameando en el capó, y de Alfonsin subiendo nuevamente al balcón. Otra vez, un tipo al que no sé bien como catalogar (me refiero a su actividad en el gobierno), tenía las palabras justas. Como si supiera que estaba haciendo nuevamente historia. Como si supiera que su imagen, su voz y sus palabras nuevamente iban a quedar en la memoria viva de los argentinos. El conflicto estaba terminado. En esa reunión se firmó algún pacto con detalles que no recuerdo y se dio por terminado el levantamiento carapintada. Fue uno de los últimos en nuestro país. El resabio de las FFAA finalizaban así su aparición pública. Uno de los últimos actos sangriento. Las palabras finales de ese señor con bigotes, que sonreía cada vez que apretaba sus manos fueron: “Felices Pascuas. La casa está en orden”.
Años después vino lo otro, lo conocido, la hiperinflación, los saqueos, las peor versión del peronismo que comenzaba a resurgir nuevamente. Entraron nuevamente en la escena nacional personajes que no se bancaban un gobierno distinto. Un gobierno de boinas, un gobierno rojo y blanco. Querían, al menos en los papeles, un jefe de estado que evocara a Perón. Y creyeron lograrlo, pero solo lo creyeron. Pero esa es otra historia….
Mi historia, la que quiero contar, es esta. Es la de los recuerdos. Sin ideas políticas, al menos no muy marcadas. Con la seguridad de no contar las cosas tal como realmente fueron sino simplemente como las recuerdo. Omitiendo un montón de datos y hasta, por qué no, agregando alguno que quizás nunca sucedió. Es mi historia, las historia de mi séptimo domingo de pascuas. La de mis siete años.

22 de marzo de 2008

Ni tan Santo, ni tan Justo

El amor es una situación de perpetuo peligro, cuando uno ama, siempre corre riesgo de que dejen de amarlo. Entonces se vive en un estado de alarma y cuanto más se alarma, más enamorado esta.
Pero como nos sucede a todos lo seres humanos, corremos el riesgo de perder ese amor. Ese es el momento, para todos los artistas, en el que canalizamos nuestros sufrimientos a través de alguna obra.
Pero, es ineludible, a pesar de todo siempre quedan fantasmas flotando. A veces sucede que uno sale de un amor grande y entra en uno enorme y después de salir de ese amor enorme no aparece ningún otro.
Eso si, cuando se trata de recuperar lo perdido, la mejor receta es hacer nada. Así nomás; no ir a golpear puertas ni tirar piedras a la ventana a medianoche, ni colgarse del teléfono a la espera de una pequeña señal de vida. Si el lugar que me pusieron es el de muerto, pues debo morirme bien...
Porque de eso estoy más que seguro: cuando el amor se va... ¡No hay nada mas parecido a la muerte!!!

PD.Texto de Alejandro Dolina.

15 de marzo de 2008

¿Era como yo? Era como yo

Hace unos días, creo que por primera vez en mi vida, me puse en lugar de mi viejo. Nunca le pregunté, ni me contó, como se sintió en esos momentos difíciles de su vida y por razones lógicas nunca lo voy a hacer, pero creo que pude ver un poco más de cerca su dolor. Su lucha. Sus miedos. Y hasta quizás su resignación al ver que no podía.
Me enteré que era un buen tipo. Que, cuando estaba bien, era un buen tipo. Si alguien le pedía algo él se lo daba. Cuando le marcaban errores o le hacían comentarios no tan tolerables, él los tomaba bien. Era un tipo bueno, un tipo amable. Querible.
Según mi vieja en eso me parezco bastante. No sé si está mal que lo diga pero el que me conoce sabe que las palabras que vienen a continuación no son de vanidad. Son palabras que hacen algo que me cuesta mucho: Hablar bien de mí, valorarme. Yo soy un buen tipo, lo siento así. Tengo mi mochila, mi carga, como la tenía él, pero soy un buen tipo. Me mando un millón de cagadas como la mayoría, lastimo a la gente que me quiere, pero soy un buen tipo. De los que no hay, o de los que quedan muy pocos. En eso me parezco a él. Como ayer le decía a Cintia, no me dejó sólo el apellido. Me dejó también su herencia. Hace algunos años leí un texto de Ismael Serrano en la cual mencionaba que según una investigación médica, genéticamente los humanos somos muy parecidos, casi idénticos. Solo un 0,01% nos diferencia a unos de otros. Hoy estoy casi convencido que en ese 0.01% me dejó su legado. Su marca. Para bien o para mal, en los momentos malos pienso que para mal, me hizo un buen tipo.
Diferencias había muchas. Por ejemplo, que en tantos años de casados mi vieja lo vio llorar una sola vez. Y claro, yo soy un maricón incurable. Con las lágrimas más fácil que los “sí” de esas señoritas que fuman. Pero prefiero detenerme en las similitudes o mejor aún, en mi visión de sus sentimientos en esos momentos complicados que mencioné.
Todos tenemos mochilas, algunas más llenas que otras pero todos tenemos nuestro peso. Supongo que gran parte del secreto de la felicidad debe estar en llevar la menor carga posible, o mejor aún: compartir ese peso y hacer mas liviano el viaje. En estos días pensaba si mi vieja, mi hermano y yo lo ayudamos en su lucha. ¿Nos vería como compañeros de camino? ¿Nos vería de su bando, como gente que va a la par llevando algo del peso que tenía en su mochila? ¿O nos sentiría sentados en sus hombros, a caballito, haciendo más insoportable esa pesada carga?. Eso tampoco lo sé, y no lo voy a saber nunca.
Si puedo, tomando nuestro supuesto parecido, pensar que yo hoy sentiría eso como una compañía de ruta. En este momento siento la necesidad de tener un apoyo así. De no estar solo. De sentir a alguien cerca, y poderle decir “tomá, llevame esto” y darle parte del interior de mi mochila. No sé si por egoísmo, miedo a estar solo o simplemente porque quiero ser feliz.
Me da mucho miedo ver como terminó él. Sentir que las personas como nosotros terminamos así. Que perdemos. Me da mucho miedo sentir ese “algo” que en algún momento de su vida le hizo bajar los brazos. Que lo llevó a su peor versión. Pero también me da mucho empuje. Es como saber que pasa si te rendís. Y yo la verdad no quiero que me pase eso, no quiero rendirme. Muchas veces pienso, y en ocasiones se confirma, que la vida es una mierda. Que nos llena de trabas, que nos pone un millón de palos cuando menos lo esperamos. Que espera el momento preciso en el cual nos confiamos, en el cual pensamos que ya pagamos todas nuestras culpas y solo resta esperar cosas buenas, para darte un baño de realidad.
Este es uno de esos momentos, en el cual después de pensar que al fin llegaban las cosas buenas todo se pudre. Se rompe. Desaparece. Que por muy linda que fuese una historia terminó en mierda, y la mierda lamentablemente ensucia todo y la llena de bacterias.
Atrás quedaron los tiempos en los cuales el sueño de la familia propia se veía real, los tiempos de soñar con dormir tocando la panza de la persona que amás, que en esa panza está tu hijo. Tiempo de bautismos, de cumpleaños, de jardín de infantes, de escuelas, de las cosas que no son mierda. Tiempo de cafeteras, como me gusta llamarlo a mí.
Creo que hace poco comencé un camino, y que por primera vez en mis 28 años siento que es el correcto. No sé cuanto caminé, mucho menos sé cuanto falta para llegar. Pero miro al costado de la ruta y veo paisajes conocidos. Me sigue una nube muy fea. El clima es terrible y parece que todo el cielo pende de un hilo. Pero sospecho, con cierta inocencia y cierta esperanza, que “al otro lado de la nube negra” tiene que estar el final de este recorrido. Cruzaré ríos, seguramente llenos de lagrimas, puentes colgantes que tiemblan ante el soplido del mínimo viento que se anime a cruzarlo. Y hasta bosques enormes y oscuros, donde por los brazos tupidos de los árboles no se atreve a pasar el sol. Bosques donde no hay huella, donde paso a paso se irá formando un camino que me permita llegar o al menos estar mas cerca.
Creo que recientemente hubo ese clic en mi vida. Que algo pasó, que algo se movió, que las cosas ya nunca serán iguales y que no serán iguales para bien o al menos para mejor.
Muy necesario, es indiscutible. Y como todo cambio provino del dolor más grande que una persona me causó en mi vida. Una marca que no se va a ir nunca, pero que espero que cicatrice.
Me acuerdo que cuando tenía 10 años iba en mi bici Aurorita color verde cantando una canción que decía algo así como “y le metía una mano, le metí una pierna, le metí las narices y hasta una llave inglesa”. No me acuerdo de quien era pero es un tema viejo. Hace casi 20 años de esos. Pasé por la puerta de casa y mi abuela estaba sentada y se reía. Llegue a la esquina y me caí, y me lastimé. Terminó con una herida que me llevó seis puntos de sutura. Fue en marzo de 1989. Como lloré! Como dolía!. Hoy, cada vez que me cambio y me toco la rodilla siento esa cicatriz. Pero la toco, le apreto el dedo con ganas y no duele. Me acuerdo todo, tengo toda esa secuencia muy presente pero no duele. No me olvidé, cicatrizó. Y supongo que el tiempo hará que esto deje de doler, aunque hoy siento que me arde el alma. Siento que habré sido muy hijo de puta en esta o en otra vida, como para que alguien me cause tanto dolor. Y lo peor es que sé perfectamente que no lo hiciste con intención de lastimarme pero lo hiciste. Me dejaste solo y mal herido en medio de un lugar oscuro que no conozco. Peligroso. Te convertiste en lo mejor y lo peor de mi vida. Son cosas que pasan pero duelen muchísimo. Son cosas que te hacen descreer de todo. Que matan, antes de nacer, futuras ilusiones pero también matan a los viejos sueños. Es imposible no pensar en que si alguien que te quiere puede causarte tanto dolor entonces que serán capaces de hacer los que no te quieren. ¿Como ofrecerle a alguien mas todo lo que sentí que te daba? ¿Cómo no tener miedo de abrirme nuevamente sin pensar que me van a causar un dolor parecido? ¿Cómo carajo hago para dejar de lado esta coraza que se me está formando en el corazón? ¿Cómo se vuelve a creer?.
El vaso medio lleno dirá que también es algo que te da una chance, que te abre dos caminos. Te da dos opciones, seguir igual y lamentarte por lo desdichado que sos o elegir el clic. Y hoy siento el clic. Bajito, casi imperceptible al oído humano, pero lo siento.
Eso es parte del cambio que mencionaba. Parte del camino que encontré y creo que estoy transitando. Hay cosas buenas y otras que te matan, pero también hay cosas conocidas que te dan seguridad y desconocidas que te llenan de miedo. No sé por que extraña razón muchas veces preferimos las malas conocidas. Preferimos, prefiero, las conocidas que te matan pero te dan seguridad. Supongo que por ser muy débiles. Y eso es lo que pensaba sobre mi viejo. Si realmente era parecido a mí, seguramente sintió mas ganas que nadie de cambiar su mierda. Cuando la gente le decía “Richard tenés que tratar de hacer esto” o “esto te está matando”, él los habrá mirado con su mejor cara y habrá dicho “tenés razón, pienso igual que vos, pero no puedo. ¿Cómo hago?”. Querer hacerlo y no poder, es una sensación de ahogo y taquicardia que tanto se parece se parece a la muerte pero es lo único que nos mantiene vivos.
¿Asusta, no? A mí me asusta. Mucho. Pero quiero confiar en el clic que escuche, necesito hacerlo. Siento que se va mi vida en eso. Que tengo esta oportunidad y que si sale mal no me voy a poder quejar. Siento que el aviso previo lo tuve, y ahora depende de mí. Preferiría que no sea solo. Preferiría tener esa opción que tenía mi viejo de luchar con su mujer y sus hijos al lado. Pero también sé que si sale mal el lastimado voy a ser yo, el herido voy a ser solo yo. Y que a mi tumba no voy a llevar a nadie. Aunque no tenés ni idea que bueno sería que estés de mi lado como estabas hasta hace poco tiempo. Muy poquito tiempo. Tu golpe me sirvió, activó esto. Ahora ayudame a enfrentarlo, era lo que necesitaba pero no me dejes hacerlo solo. Ayudame, dejame abrir la mochila y darte algo de peso. Solo unos km, luego me lo devolvés y yo te ayudo a llevar los tuyos. Sí, ya sé… estoy soñando de nuevo. Es que estoy en la madrugada del domingo 9 de marzo, y supongo que es hora de dormir y soñar. Y yo no quiero despegarme de esa costumbre de soñar con los ojos abiertos. Es una de las pocas costumbres que no quiero perder. No sé como se sentía mi viejo. Sí siento como estoy yo y trato de relacionarlo. De inventar un sentimiento común. Hay muchas cosas que no sé. Lo que sí sé, es que hace unos días descubrí que dentro de algunos años me podré sentar con mis hijos Gonzalo y Candela y decirles “tu abuelo era un buen tipo, era como yo”.

14 de marzo de 2008

¿ Por qué este nombre ?

Hace algunos días, me lo regalaron el domingo 2 de Marzo, estoy leyendo “El Interior” de Martín Caparros. Es un libro muy recomendable, realmente lo es. Quizás porque se asemeja a mis gustos, a los relatos verídicos. Comprobables. Quienes me conocen saben que es raro, salvo contadas ocasiones, que me sorprendan en medio de una lectura de ficción.
Quiero explicar un poco mas de que se trata. Pero que mejor que copiar y pegar la sinopsis que figura en la contratapa y que hace un par de segundos “robé” de algun sitio on line de alguna librería perdida.

"Es posible contar un país? ¿Se puede poner en palabras esa suma de confusiones, variedades, diferencias, inquinas y querencias, un himno, una bandera, una frontera, mismos jefes y, a veces, mismos goles? que llamamos país?No hay mayor desafío. El Interior es un país enorme, el octavo del mundo en extensión, poblado por 22 millones de personas. Martín Caparrós decidió aceptar el reto de contar ese país que es el suyo y es, al mismo tiempo, tan lejano.Para eso recorrió, durante meses, solo y despacio, montado en el Erre, cada uno de sus rincones. Para eso fue por pueblitos y ciudades, ranchos y estancias, iglesias y hospitales, burdeles y mataderos, villas y quebradas, montañas y desiertos, los caminos; para eso se encontró con delincuentes y carceleros, gobernantes, pastores, desocupados, santeros, galleros, escritores, optimistas y desesperados, truchos y retruchos, un viejito amable, torturadores y víctimas, patrones y peones, sociólogos y periodistas, criadores de vacas y vendedores de chicos y, sobre todo, tantos otros criollos que ningún rótulo define.Quería saber si, como creen muchos porteños. El Interior es la chacarera, la pobreza, el feudalismo, la pachorra, la inmensidad vacía. Si es cierto que el Interior es el lugar de las raíces, la Argentina verdadera. Si hay rasgos que nos hacen argentinos, que nos reúnen en una sola idea, una sola cultura. Si existe algo parecido a la esencia de la patria: cómo puede contarse un país. En El Interior, Martín Caparrós nos vuelve a deslumbrar por su capacidad para escuchar, registrar y seleccionar lo que verdaderamente cuenta. Con la actitud del cazador y el talento del gran narrador, Caparrós ha logrado escribir la gran crónica de la Argentina contemporánea."

Todavía no lo terminé, aunque debo reconocer que con el entusiasmo y el ritmo que tengo no tardaré mucho en hacerlo. Estoy parado en pleno “impenetrable” chaqueño.
Pero lo que leí me alcanza para darme cuenta que es una descripción muy interesantes de lugares a los que nunca fui, lugares que conozco de nombres gracias al fútbol chacarero, y lugares a los que en algún momento me gustaría pisar.
En las ciento y pico de páginas que llevo leídas encontre frases muy interesantes. Me refiero a esas frases que te identifican y que te hace envidiar el no ser al autor de semejante descripcion. Me quedo con una. Me quedo con “el tonto alivio de escribir”. Por eso el nombre de este espacio que trataré de empezar a llenar. Es algo así como el después… el antes fue doloroso.