La linea del Ecuador

Hace dos madrugas alguien vio un viejo cuchillo...

Luna

Nuevas investigaciones detectaron grietas en la corteza de la luna...

Nada mal por 5 pesos

“Acosta, me gané el Loto!! No lo puedo creer, gané el Loto!”

27 de abril de 2008

Ideas, palabras y sentimientos

El reloj de la compu marca las 13:17hs del día 24 de abril. Si bien es jueves hoy no voy a la doc porque le dije que me iba a Punta Alta. Al principio era verdad, pero cuando en el trabajo me confirmaron que no podía viajar igual preferí no ir así me ahorraba los $25 de la consulta. Económicamente es un mes complicado, como los últimos.
En el laburo viene todo tranquilo. Con las mismas cosas buenas de siempre y con las mismas malas. Nada cambió, casi nada. Es una tarde de sol en Mar del Plata y a pesar de que ya son las 14hs sigo sentado frente a la computadora mientras el Poli juega con su teléfono celular. La luz que entra por la puerta me dice casi a los gritos que debería limpiar el piso. Es que se ve un poco sucio, marcado por los pies de los clientes que entran, no tan seguido, a la sucursal. Es un típico día en el puerto, un típico día pero sin olor., Me acuerdo que las primeras veces que venia a trabajar acá cuando el colectivo se acercaba al barrio ya empezaba a sentir ese olor fuerte: “olor a trabajo”. Hoy, salvo contada ocasiones, no lo siento. No sé si es que ya no hay o si simplemente me acostumbré.
Somos raras las personas. Somos animales de costumbres. En muchas cosas somos como el ejemplo de la rana ¿Lo saben, no? Es esa que dice que si metes una rana en una olla de agua hirviendo la rana busca salir. En cambio si la metemos en una olla de agua fría sobre el fuego, no sé da cuenta y se queda. Se acostumbra. No se da cuenta del cambio.
En muchas ocasiones me sentí como esa rana. Quiero decir que muchas veces iba muy acelerado con el día a día que no me di cuenta de parar y mirar. Estaba en el agua fría, sobre el fuego, y no me di cuenta. Me fui cocinando despacio. Tomando cosas atípicas como típicas. Me acostumbré. No me permití tener miedo de perder ciertas cosas, sentía seguridad. Sabía cuales eran mis errores y temores pero había cosas que me daban seguridad. Cosas que me hacían pensar que seguramente era verdad que había mucha mierda dando vuelta pero que había cosas que no. Había cosas que estaban, eran presente y futuro. Sobre todo futuro.
Claro, un día me di cuenta que no y ya fue demasiado tarde para lamentos: “A lo hecho pecho”. Creo haber escrito, y si no lo hice seguramente se los dije personalmente, y sino se los dije seguramente se dieron cuenta, que estoy en un período de mucho razonamiento. No sé si lo hago bien o mal, pero estoy reestructurando mi vida desde el análisis, desde el pensamiento, desde la memoria, y en algunas ocasiones también desde las acciones. Esto me da una extraña sensación. El otro día le contaba a alguien mi forma de estudiar cuando estaba en la secundaria. Nunca tuve problemas en la escuela, siempre fui un buen alumno. En los momentos previos a los exámenes mi rutina era acostarme temprano el día anterior. Lo hacia tipo ocho o nueve de la noche. Ponía el despertador a la una de la mañana y con esa paz que da la noche comenzaba a estudiar. Lo hacia hasta el amanecer. Luego me bañaba, me cambiaba y me iba a la escuela. Había una sensación física que me servía para saber si había estudiado suficiente o no. Cuando comenzaba a sentir el cansancio en mis ojos, ese ardor en los ojos, era que ya sabía suficiente. Era la confirmación de que me iba a ir bien. Y así sucedía el 90% de las veces. Me iba bien.
Es una boludes. Quiero decir que el cansancio era algo físico, mezcla de sueño y lectura, pero de ninguna forma significaba tener un conocimiento que antes no. Me engañaba, pero ese engaño me daba una confianza y una seguridad que después se plasmaba en los exámenes que daba.
Hoy, diez años después de haber terminado la secundaria, tengo un sentimiento parecido. Ya no me arden los ojos, pero siento los pulmones llenos de aire. El pecho inflado, la espalda derecha, la cabeza en paz. Y tomo eso como consecuencia de mi momento especial de razonamiento, de replanteo, de análisis. Quiero decir que este nuevo sentimiento, muy diferente al ardor en los ojos, me da paz. Me ofrece un poco de paz. Algo tan necesario. Algo tan básico.
Lo que no podría afirmar de ninguna manera es el resultado que esto traerá en mí. No me refiero a la paz sino al replanteo. Surgirán cosas nuevas, extrañas, creceré, pero no sé si será algo que traiga frutos demasiados grandes ni mucho menos si estos serán eternos. La eternidad se terminó hace miles de años cuando un tal Adán y una tal Eva se mandaron una macana con una fruta que crecía en un árbol, y desde entonces nada es para siempre. La paz de la que hablo no es eterna, y por suerte el dolor tampoco.
Este tema de la eternidad me hace pensar en que existen dos formas de llegar al fin. Quiero decir que se puede terminar con la paz eterna dejando pasar el tiempo y esperando las inevitables malas que cada tanto pasan, o bien se puede acelerar ese proceso haciendo alguna macana, como la de Adán y Eva, y terminar por voluntad propia con la paz. Lo mismo sucede con el dolor. Puedo esperar que se valla sólo o puedo hacer algo, seguramente otra macana, y hacer que se valla de una vez y para siempre. Al menos que se valla de este presente físico con el que convivo. Toda una decisión. No sé si me atreveré.
Hay veces en las cuales empiezo a escribir y me doy miedo. Tengo una tendencia cotidiana a las despedidas. Me da miedo que estas líneas sean un ejemplo más de ello. Me da miedo que estén leyendo mi despedida. Que una mañana me canse, me decida a no esperar que el dolor se valla o me decida a no poder soportar que la paz en algún momento se va a ir, y mi espíritu de lucha incansable diga “bueno, no más”. Por lo general me pasa esto cuando me doy cuenta que me estoy acostumbrando. Cuando después de estar un tiempo razonable en el agua fría sobre el fuego me doy cuenta que el agua ya no está tan fría y que ya nunca más lo va a estar.
Hoy estoy en un día… no es un día, es un rato, sería mucho decir un día. Hoy estoy en un momento así. Hace un rato me di cuenta de que me estoy acostumbrando. Paré, miré para todos lados, y vi lo que tengo, y vi lo que no. Me causa una enorme angustia esta situación. Estar en piloto automático no es normal para alguien como yo. En realidad no lo es para nadie, pero para mi menos. A pesar de todas mis contras tengo ese espíritu de lucha, y acción de luchador, que no me dejan acostumbrarme. Si me preguntan como surgió hoy todo esto, y en que instante de la mañana fue, creo que tengo la respuesta. Tengo la culpable. La culpa es de la memoria. De las dos memorias. La memoria lógica de la cabeza que me hace imaginar situaciones que no vi, que no sé si pasaron, pero me causan dolor. Y la memoria del corazón que me refriega el pasado por la cara. El pasado imperfecto que creí perfecto.
Me pica la nariz. Leo lo que escribí para corregir errores y siento una picazón en la nariz. Como un estornudo pero sin llegar a serlo. Me arden los ojos y me brillan. Como con una basurita pero sin tenerla. Arrugo la cara y evito lo que parecía inevitable. Prefiero seguir escribiendo. Y sigo. Sigo y pienso en que lamentablemente la vida no es como este texto. El punto en común es que en las 1347 palabras que llevo escritas pinto un poco de mi presente, lo que lo diferencia, y genera puentes destruidos que nunca se podrán reconstruir, es que el texto lo puedo leer mil veces. Lo puedo mirar ahora, a la noche, o mañana, y en cada uno de esos momentos puedo volver el cursor atrás y corregir los errores. En la vida sólo los puedo ver, analizar, puedo pensar, sacar conclusiones, replanteos. Pero corregir errores no. El pasado es el pasado. Queda ahí. No hay forma de corregirlo, de volver atrás, de tener otra vez la misma oportunidad. Solo se puede aprender y después confiar en nuestra inteligencia para poder poner en práctica esos aprendizajes.
Llevo tres carillas de Word, quiero darle un final a esto y no puedo. No se me ocurre cómo. Creo que escribí el principio y que dos renglones mas arriba dejé atrás el desarrollo. Ahora necesito un final y no lo tengo. Sí tengo a mano, mucho más cerca de los que todos creen, y de lo que yo mismo creo, el final de los finales, pero el de este texto no. No encuentro un hilo conductor, una palabra que me permita cerrar de forma metafórica esto. De dejar una idea. Tampoco se me ocurre un final ya escrito, algún texto para robarle el final. Para hacer un Copy-Paste. De pronto siento que me invadió el vacío. La ausencia de ideas es otra de las cosas que me asustan. Nunca deberían faltar. Ni las ideas, ni las palabras, ni los sentimientos. En este momento ideas no tengo, las palabras me las gasté todas en este post, y lo único que me queda es este sentimiento inocultable de extrañar. Al fin y al cabo fue lo que motivó estas líneas. Te extraño.

25 de abril de 2008

Nuestra ex casa es hoy mi ex casa

“...ese conjunto de sutiles atributos con que el alma se revela a través de la carne. Razón por la cual, en el instante mismo en que alguien muere, su cuerpo se transforma bruscamente en algo distinto, tan distinto como para que podamos decir “no parece la misma persona”, no obstante tener los mismos huesos y la misma materia que un segundo antes, un segundo antes de ese misterioso momento en que el alma se retira del cuerpo y en que éste queda tan muerto como queda una casa cuando se retiran para siempre los seres que la habitan y, sobre todo, que sufrieron y se amaron en ella. Pues no son las paredes, ni el techo, ni el piso lo que individualiza la casa sino esos seres que la viven con sus conversaciones, sus risas, con sus amores y odios; seres que impregnan la casa de algo inmaterial pero profundo, de algo tan poco material como es la sonrisa en un rostro, aunque sea mediante objetos físicos como alfombras, libros o colores. Pues los cuadros que vemos sobre las paredes, los colores con que han sido pintadas las puertas y ventanas, el diseño de las alfombras, las flores que encontramos en los cuartos, los discos y libros, aunque objetos materiales (como también pertenecen a la carne los labios y las cejas), son, sin embargo, manifestaciones del alma; ya que el alma no puede manifestarse a nuestros ojos materiales sino por medio de la materia, y eso es una precariedad del alma pero también una curiosa sutileza."
Extracto de "Sobre Héroes y Tumbas"; Ernesto Sábato

21 de abril de 2008

"San Salvador", Patrono de los Pescadores


El domingo hice una larga caminata. Siempre me ayudaron a pensar más claramente, a analizar las cosas. A tomar decisiones. Tengo algunos ejemplos de situaciones así y quizás las que más recuerdo son las caminatas previas a venir a Mar del Plata allá por fines del 2005 y principios del 2006.
La cosa es que el domingo pasado salí por la costa con el firme objetivo de llegar al punto más lejano de la escollera sur. En total tardé 1:55hs. Fue largo pero lo llevé bien al menos hasta llegar a la Base Naval. Esas cuadras se me hicieron interminables. El paisaje tampoco ayudaba mucho, atrás habían quedado el Paseo Hermitage, el Torreón, Bahía Varesse, Cabo Corrientes y la mismísima Playa Grande. Pero esa caminata bajo el sol sobre la vereda de la Base fue difícil. Tanto que ni bien llegué a Juan B Justo entré en la estación de servicio a comprar un agua. Hasta ese momento el paisaje era mas o menos lo esperado: Perros corriendo por la arena, un millón de motos, chicos en skate, chicas en roller, parejas tomando sol, jubilados paseando…
En la estación, mientras esperaba pagar, me llamaron la atención dos chicos que estaban en una mesa. Ella tomaba una coca y él, sentado un poco lejos, la miraba nervioso. Golpeaba las yemas de sus dedos en la mesa. Ella muy concentrada en el televisor, con la vista fija. Él seguía nervioso. Los perdí de vista mientras pagaba el agua pero sin dudas esos segundos que se tomó la cajera en darme el cambio fueron fundamentales porque cuando me iba él algo ya le había dicho, y ella se reía a carcajadas. Con muchas ganas. Él ya estaba sentado más cerca, con menos nervios. A ella ya no le importaba el televisor. Y yo, yo me había perdido ser testigo de un momento importante en sus vidas.
Seguí camino. Dejé atrás la manzana de los circos y el centro comercial Chichilo. Cuando encaré hacia la escollera el tránsito de autos se hizo muy grande. Lo primero que uno encuentra es, a la derecha, la entrada a la playa del puerto, y a la izquierda, la reserva de lobos. Es la cuarta vez en mi vida que paso por este lugar. Hay algo que recuerdo un poco más que el olor desagradable de los lobos, y es el cartel que decía 3000mts.
Faltaba mucho aun para llegar. De todas formas me propuse hacerlo y así fue. A mitad de camino, mientras esquivaba autos y pescadores, me detuve en una pintada que decía “Marcela: Casate conmigo. Javier (12/07/07)”. Me pregunto que habrá pasado con esa historia.
Al llegar a la punta de la escollera lo más normal hubiese sido sentir alegría por cumplir con el objetivo luego de casi dos horas, pero en realidad sentí alivio. Lo sentí yo y sobretodo mis piernas. Me senté a mirar el mar. Me acordé de una frase de mi vieja que me recomendaba sentarme frente al mar y mirarlo. Mirar al mar para que se lleve todo lo malo.
Seguí recorriendo las piedras y descubrí que la gente del puerto en particular, o quizás la de Mar del Plata en general, usa ese lugar para proponer casamiento. No sé si será tan así pero vi una inscripción que decía “Te amo, te necesito, te pido casate conmigo (21/02/08)” y me pareció mucha casualidad. Hasta llegué a imaginarme la situación del flaco invitando a caminar a la chica. Ella con muy pocas ganas de caminar diciendo que sí. El flaco con pasos rápidos por la escollera, apurado por llegar. Ella cansada, queriendo ir más despacio. Los dos subiendo las escaleras para llegar a ese graffiti, el no pudiendo contener la ansiedad. Diciendo “¿nos sentamos acá?”. Ella sentándose y sus ojos poco a poco, centímetro a centímetro, descubriendo ese mensaje. No pudiendo creer lo que veía. No entendiendo si es verdad o si hay un loco que se llama igual que su novio que quiere a alguien que se llama igual que ella. Él con cara de "¡que grande yo!”. Ella diciendo que sí…
Seguí dando vueltas por ese sector. Lo que mas me llamó la atención fue un tipo que caminaba sólo. Vestía ropa informal y llevaba unos lentes sol que no cumplían que su objetivo de pasar desapercibido. Quiero decir que a pesar de su esfuerzo igual se notaba que debajo de sus lentes le caían lágrimas sobre la mejilla. Me di cuenta porque cuando quise bajar las escaleras pasé muy cerca de él y, en ese instante que nos miramos a la cara, no pude evitar sentir su tristeza.
Después, disimuladamente, lo seguí con la vista. No quería ponerlo incomodo así que me alejé unos metros pero lo seguí observando. Trataba de imaginarme que le pasaba. Se sentó un rato cerca del monumento del “San Salvador”. No parecía rezar, casi podría jurar que no lo hacía, pero lo miraba. Buscaba paz. Me imaginé que sería alguna fecha importante. Que quizás ese 20 de Abril era un aniversario importante. Quizás la muerte de algún familiar o un amigo en altamar. Quizás los brazos abiertos del Patrono de los Pescadores abrazaban alguna persona que ya no estaba entre nosotros. Y claro, era lógico. Pobre tipo. No se si está bien esto de sentir lástima por los demás, ni siquiera sé si lo que yo sentí por él era lastima, pero su situación era una en la cual no me hubiese gustado estar. Por momentos parecía un fantasma, era casi transparente. Su alma no estaba con él. Era una sombra caminando a paso de hormiga, con las manos en los bolsillos de la campera de jeans. Se acercaba a los pescadores que estaban en la escollera y cuando las piedras detenían la marcha de las olas y salpicaban a todos, él se quedaba. No le afectaba el agua. Parecía invisible, seguro que sentía que el agua no lo podía mojar porque simplemente físicamente no se sentía ahí. Fue un poco triste. Decidí dejarlo en paz con su dolor.
Antes de emprender el regreso a casa pasé frente al monumento. Lo miré desde abajo. Es enorme. Me reí por una gaviota que no encontró mejor lugar para descansar que la cabeza del cristo. Para mí siempre fue el cristo, desde el domingo a la tarde aprendí que es “San Salvador, Patrono de los Pescadores”.
El regreso fue cansador y a mitad de la escollera ya había decidido volver a casa en colectivo. Me puse a mirar nuevamente las paredes. Vi un mural realizado con, según leí, 430 mosaicos de 4,50 por 3,50 metros. Es una obra de Eduardo Riggio, se llama “Alito de arena” y muestra a un barco encallado. La idea era seguir con esta especie de exposición. Incluso se propuso que los pasos de Riggio sean seguidos por José Solla y Néstor Villar Errecart pero parece que quedó en la nada. Tan olvidada quedó la idea “Alito de arena” ya tiene unos 70 mosaicos menos…
Antes de pasar nuevamente por la reserva vi un cartel escrito con aerosol por un tal Antonio que decía “Quilmes es un Carnaval”. Es raro porque siempre pensé que Quilmes era una ciudad, un club de fútbol fundado por ingleses o en todo caso un cerveza, pero nunca lo había visto como un carnaval. Seguramente debe ser el lugar mas alegré del mundo, aunque lo dudo porque hace años pasé varios momentos ahí y no es muy diferente a Punta Alta. Solo tiene más gente.
Cuando dejé atrás la reserva de 800 lobos machos, según el cartel turístico, ya solo me quedaban unas cuadras y casi una hora de colectivo para regresar a casa. Habían pasado casi 4 horas. Fue una linda caminata. Siempre me ayudaron a pensar más claramente, a analizar las cosas. A tomar decisiones.
El día ya se había terminado pero antes hay algo que no puedo dejar de mencionar. Creo que no les conté que al final del recorrido, en la parada de colectivos, me crucé con el fantasma. Me refiero al tipo que les contaba antes, el de ropa informal y lentes de sol. Si leyeron algún texto anterior saben que me considero un buen tipo y no sé por qué en ese instante quise demostrarlo. Me acerqué y le pregunté si lo podía ayudar en algo. Su semblante era el mismo que en la escollera. Se subió los lentes, pude comprobar que no me equivocaba con respecto a las lágrimas, y me dijo “gracias, pero no”. No quise molestarlo más y me propuse alejarme. Mientras me daba media vuelta siguió hablando. Me dijo que estaba así por amor, mejor dicho por desamor. Luego se puso los lentes nuevamente, y mientras se subía al 562 revisaba los mensajes que su mamá le había mandado con el resultado de Sporting en el clásico de Punta Alta. Que tipo raro, menos mal que fue la única y última vez que lo vi.

19 de abril de 2008

El Túnel


¿Cuantas veces te sentiste en el interior de un túnel oscuro? ¿Cuantas veces entraste a un lugar donde no sabías si había una salida, y si la había, no sabías cuan lejos estaba? Dando pasos cortos, tratando de no pisar nada extraño. La oscuridad te lleva a eso, a dar pasos cortos. A tener tus sentidos potenciados al máximo. Atento a los ruidos, al viento que roza tu piel, a tus sentimientos. ¿Cuántas veces ante tanta oscuridad y miedo decidiste dejar el camino a la mitad, dar media vuelta y volver sobre tus pasos en busca de la salida? ¿Cuántas veces te mentiste pensando en lo valiente que eras, en tu fuerza, en tu lucha, en esa falsa sensación de haber dado todo, en esa cobarde idea de echarle la culpa al destino por las cosas que no fueron? ¿Cuántas veces pensaste en “todo pasa por algo”? “Por algo será”, murió tanta gente en este país por palabras como esas y parece que aún no aprendimos nada. ¿Cuántas veces el miedo te llevo a dejar las cosas por la mitad con la idea de nunca más retomarlo, y el mismo miedo se encargó de que lo retomes y lo termines? ¿Cuántas veces te asustaste al ver en otro tu propio reflejo, algo que te describía mejor que un espejo? ¿Cuántas veces, mas allá de las palabras, decidiste luchar en silencio contra ese miedo y realmente lo hiciste? ¿Cuantas veces? Todas esas sensaciones, algunas propias y otras ajenas pero vistas desde muy cerca en el cuerpo de otro, me despertó leer “El Túnel” de Ernesto Sábato.
No puedo agregar muchas más. Básicamente es el relato de un pintor en el que cuenta en detalle los motivos que lo llevaron a matar a la mujer que decía amar. En una novela que despierta muchas cosas e incluso, más allá que desde el primer párrafo cuenta lo que va a pasar, te hace pensar en distintos finales posibles. Cualquier otra cosa que pueda decir sería casi explicar el libro y hacerles perder la magia que, al menos, esas 143 páginas despertaron en mí.
Fue mi segunda incursión con este autor y me intriga, y me atrae, el que me digan que existen aún textos escritos por él aún mucho más increíbles. En muchos pasajes de la lectura el miedo se apoderó de mí. Sentí realmente pánico. No podía leer más. Lo dejé. Ponía el señalador para no perder la hoja de lectura pero lo cerraba y lo dejaba en la mesa de luz. Al menos por unas horas, al menos hasta el otro día. Pero fue imposible abandonarlo. Fue inútil dejar por más de 24 horas esa lectura. Es como una de esas películas de abejas asesinas, llamadas enjambre o algo así, que uno encuentra en la tele haciendo zaping y no puede dejar de ver. Yo cambio. No puedo verlas, pero en algún momento algo me lleva a poner nuevamente el canal y ver que pasa. Es un miedo tan innecesario como inevitable. Nunca pensé que podría sentir algo así con un libro. Es que ellos siempre me despertaron millones de razonamientos, de broncas, de angustias, de reflexiones, de injusticias, hasta de indiferencia, pero esta sensación de miedo nunca. Estas descripciones tan perfectas, de rasgos tan parecidos a la realidad, me sorprendieron mucho. Me gustaron mucho. Siempre desmerecí la ficción porque me parecía algo muy poco creíble. Pero con “El Túnel” Ernesto Sábato me enseñó que en su novela hay mucho de real. Mucho del día a día. Me enseñó que quizás el pintor “Castel” no existe en realidad, pero sin embargo hay mucha gente con rasgos parecidos a los suyos. Me asustó este libro. Mucho. Bienvenido Sábato a mi biblioteca. Gracias Eugenia por presentármelo

12 de abril de 2008

Tantas, tantas cosas...

Ya hace unos días que estoy pensando que escribir. En varias ocasiones me surgieron cosas que creí interesante contar pero que por algún motivo no pude terminar de plasmar en palabras. Hace poco menos de una hora salí de trabajar y todo el viaje en colectivo vine pensando algo que se está volviendo repetitivo, que no puedo dejarlo de lado por mucho tiempo, y supongo que ese sentimiento es el inició de este espacio.
¿Saben? Me siento bien. Es raro escribirlo así pero me siento un poco más complemento. Cuando viajaba a casa venía escuchando algunas canciones de Silvio. Me detuve con principal atención en algunas y, como siempre, me di cuenta que no puedo dejar de lado esa costumbre de escuchar canciones amor. No sé, es algo que viene conmigo y no me disgusta para nada. Mientras las escuchaba pensaba en la forma que estas letras inciden en las personas, en nuestro ánimo. Supongo que hay muchos que preferimos este tipo de temas pero a mí en particular me pasa que cuando estás con alguien, cuando sentís el amor, se convierten en una grata compañía. En una forma de pensar lo bueno que es no sentir lo que autor sintió en el momento de escribirla. En otros momentos, los de soledad, son letras que tienen mucho dolor y llegan bien adentro. Supongo que seremos muchos los que sentimos algo así.
Hoy estoy bien. Hoy que nuevamente no estoy solo puedo decir que estás canciones recuperaron en mí el lugar justo, preciso, indicado. Estoy muy contento con este nuevo descubrimiento. Con ver que las cosas estaban mucho mas cerca de lo que pensaba. Al lado, esperando, con ojos de “¿A mí cuando me toca? ¿Me tocará?”. Y sí, me di cuenta de eso. Fue una sorpresa grande. Me refiero a que fue grande el sentir ese sentimiento y mucho más al comprobarlo y, seguramente con mucho temor y mucho en riesgo, lo estoy disfrutando. Hoy tengo muy cerca de mí a alguien a quien no quiero perder. Alguien que me costó mucho encontrar, y una vez que se produjo este encuentro me costó mucho aceptarlo. Hoy sábado 12 de Abril de 2008 hace ya algunos días que alguien se encargó de ocupar lugares que sentí vacíos desde siempre. Huecos que pensé que no se llenarían jamás.
Mi terquedad, mi ceguera, no me dejó verlo antes. A nadie va a sorprender si les cuento que muchas veces me dijeron que creían que la persona era esa. Y yo, bueno y yo soy terco y ciego. O mejor aún, lo era. A todos ellos les digo tenían razón. A todos ellos les pido perdón por no escucharlos antes, por negarlo, por hacerme el distraído. A mí me pido perdón por hacerlo. Esto me da mucha vida, mucha alegría. Encontré mi brujula y equilibrio. Cambió totalmente el color de mis mañanas. Pero no me refiero a mis últimas 60 mañanas, sino a un número mucho mas grande.
Recuerdo que no hace mucho fui a San Nicolás. Cuando estaba llegando a la entrada del santuario de la virgen me preguntaron si sentía olor a rosas. Yo no sentía nada, y ahí me contaron que hay mucha gente que siente ese particular aroma cuando la virgen hace su aparición. Ya lo sabía de antes pero con ese comentario lo recordé. Hoy siento un olor extraño. No es a rosas, pero es un olor muy lindo. Un perfume que rompe mi ropa y se mete sin pedir permiso por los poros de mi piel. Me inunda el alma, me inunda el corazón. Me respira y me dice “de acá no me voy”. Me abraza. Me acaricia. Me acompaña. Está. Siempre está. Y lo mejor es que antes también estaba pero yo… yo era terco y ciego.
No sé como agradecerte ese contagio de vida que me haces sentir. Esa luz. Esa mirada de esperanza que junta nuestros ojos y lo convierte en un solo par. Estas manos que son dos, estos pies que son dos, esta vida que es una y cuyo trailer la convierte en una película seriamente candidata al Oscar.
¿Saben? Me siento bien. Espero no equivocarme. Espero que no sea un espejismo. Espero que estos últimos tiempos de sed no me estén haciendo una mala jugada. Espero no delirar.
Nunca conocí de esta forma a alguien así. Nunca tuve esta mirada. Su risa contagia, atrapa. Sus miedos enternecen, atraen. Me provoca mucha envidia. Me refiero a que la primera sensación que surge al estar cerca es “pobre, que vida difícil” pero después se encarga de que veas y sientas las cosas de otra manera. No puedo dejar de envidiar las batallas peleadas, las que ganó y las que perdió. ¿Como puede ser? ¿Cómo puede ser que alguien luche tanto? ¿Cómo puede ser que no se rinda? Si tiene todas las caracteristas de una persona que decidió dejar de ser persona. De alguien que pierde las batallas antes de empezarlas. Y lo peor, y lo más sorprendente, es que definitivamente es así. Es una de esas personas que pareciera que encara todo sabiendo que no le va a salir. Pero supongo que Dios existe, o la justicia divina, o Alá, o algo, porque a pesar de esa sensación anticipada de derrota se pone su mejor traje, su mejor pilcha de guerrero, y sale. Y pelea, y aunque no me crean: gana. Sí!! Gana!! No sé como explicarlo, podría ocupar pantallas y pantallas de este blog y seguiría sin encontrar las palabras justas. Simplemente eso, gana…
Y no saben que lindo es despertar una mañana y darte cuenta que está ahí. Que despertás y te mira. Que te toca los pies. Que con los ojos cerrados le pide al despertador “por favor un ratito más”. Que te abraza y te pasa su calor. Sentirte parte de eso es sencillamente increíble. No tiene precio. Vale la pena pagar lo que sea por ser parte de su vida. Vale la pena lo que sufrí, y también aguantar las malas que vengas. No importa. Estoy dispuesto a pagar las cuotas que sean necesarias. Pero me quiero quedar acá, y quiero que se quede. Quiero que sea parte de mi vida y yo ser parte de la suya. Como estos últimos días. Estos últimos y cautivantes días. Yo no me quiero ir, no quiero que se valla. Ya perdí demasiado, de algún lado, seguramente de su contagio, voy a encontrar la fuerza necesario para no perder más. Para que este 1+1 siga siendo 2.
Gracias por dejarme ser parte de vos, y hacerme entender con simples palabras, o irremplazables silencios, tantas cosas. Te lo dice alguien que cuando creía que tenía todas las respuestas, de pronto, le cambiaron todas las preguntas. Me gusta este nuevo cuestionario. Es un nivel más, es más difícil, te deja muchas más incógnitas pero también la certeza de que al final de la última pregunta el aprendizaje será mucho más grande. Gracias por estar, gracias por no irte cuando todo mi presente se te hacia insoportable, cuando a pesar de todo sentías que era mejor no verme. No me considero gran cosa pero si realmente disfrutas esto tanto como yo, supongo que ese es tu premio a tanta constancia. A tantas lágrimas en lugares donde no podían verte.
Hace unos días me encontré con alguien que buscaba hace mucho pero no lo hacia en el lugar correcto. Estaba mucho más cerca de lo que creía. Viviendo conmigo. En casa. Durmiendo en forma solitaria tratando de no interrumpir. Esperando su momento. Su lugar. Hace unos días me encontré con Ramiro, y me está dando una paz que me gusta mucho. Gracias loco, por bancarme y esperar. Espero no defraudarte.

10 de abril de 2008

El Rocanrol de los Idiotas

Yo no tenía ganas de reír, tú reías para no llorar;
Yo le guiñaba un ojo a mi nariz, tú consolabas a tu soledad.
Yo sin ninguna escoba que vender,
tú con mil y una noches que olvidar;
A mí no me quería una mujer, a ti se te moría una ciudad.
Tú habías perdido el último autobús,
a mí me habían echado de otro bar;
Los mismos alfileres de vudú, el mismo cuento que termina mal.

Pero quiso el cielo bautizar el suelo con su gota a gota
Y con champú de arena para tu melena de muñeca rota
Y tu mirada azul me dijo a cara o cruz
Y mi alma de tahúr lo puso a doble o nada.
Y los peces de colores de mis botas
Y tus marchitos zapatitos de tacón, locos por naufragar,
Salieron a bailar al ritmo de la lluvia sobre las capotas
El rocanrol de los idiotas.

Yo no venía de ningún país, tú ibas camino de cualquier lugar;
Conmigo no contaba el porvenir, de ti no se acordaba el verbo amar.
Yo no jugaba para no perder, tú hacías trampas para no ganar;
Yo no rezaba para no creer, tú no besabas para no soñar.
Y sin equívocos de vodevil ni alertas rojas en el corazón
El dios de la tormenta quiso abrir la caja de los truenos y tronó.
Porque quiso el cielo acariciar el suelo con su gota a gota
Y con champú de arena para tu melena de muñeca rota.
Qué disparate de partida de ajedrez con una partenaire
adicta al jaque mate.
Y tu bolso como un nido de gaviotas
Y mi futuro con pan duro en el cajón, locos por naufragar,
Salieron a bailar al ritmo de la lluvia sobre las capotas
El rocanrol de los idiotas.

Capeando el temporal salieron a bailar
como dos locos bajo el chaparrón de notas
del rocanrol de los idiotas.
El rocanrol, el rocanrol de los idiotas.
Como tú y como yo.
El rocanrol de los idiotas.
Se marcó la calle con aquel detalle de dejarnos solos.
El rocanrol de los idiotas.
Y por casualidad comenzó a tocar la flauta de Bartolo.
El rocanrol de los idiotas.Go Johnny go, go, go.
El rocanrol de los idiotas.All you need is love.
Y bailar el rocanrol de los idiotas.
A vam ba baluba balam bam bu.Tutti frutti.
El rocanrol de los idiotas.
Don't worry.
El rocanrol de los idiotas.
(Joaquín Sabina, "Yo, mí, me, contigo" 1998)

4 de abril de 2008

Volver al Futuro IV

Creo que estoy pensando mucho en la mente humana, en sus juegos. Algo así hice en la entrada anterior de este blog y hoy, miércoles 2 de abril a las 23:22hs, sigo con lo mismo. No voy a poner nada puntual sobre Malvinas. Solo que crecí en una ciudad donde seguramente muchos de los soldados que estuvieron en las Islas pisaron tierra argentina, me refiero al continente, por última vez. Pensé varias veces como sería el movimiento que por ese entonces había en Punta Alta en general y en Puerto Belgrano en particular. No voy a dar mas vueltas sobre este tema porque simplemente no lo sé. Tres años tenía… no recuerdo. No puedo comentar nada que ya no sepan o que no esté disponible en los libros o la televisión. Lo que sé lo sé por esos medios. No tengo experiencias para contarles.
Pero este no era el motivo de este texto. Pensaba en la mente humana y en el tiempo. Es de noche y me puse a escuchar después de mucho tiempo el disco “Esta mañana y otros cuentos” de Coti Sorokin. No tienen idea la cantidad de veces que escuché este disco en mis últimos días en Punta Alta. Era casi cotidiano. El tenerlo nuevamente después de varios años me transportó nuevamente a ese momento. Sin dudas hoy mas que en Bolívar y Córdoba de Mar del Plata siento que tengo el culo, hablando en criollo como decía un profesor de la secundaria, en Mitre al 1400 de Punta Alta. Por estos viajes me sorprende la cabeza. Por este viaje absolutamente imaginario e instantaneo digno de cualquier película de ciencia ficción. Me transporté. Y estas canciones no solo me traen situaciones y pensamientos viejos, sino que la diferencia de aquel momento mío con este me genera muchos nuevos pensamientos. Como cambian los estados de ánimos. Como cambian. Sí, ya sé, estoy muy repetitivo pero es una forma de tratar de entender estas cosas. Busco en el que se tome el tiempo para entrar y leer estas líneas un cómplice que me ayude a entender, o al menos que me acompañe en mi sorpresa. Es un lindo viaje. Hace cinco meses que no vuelvo al pueblo y seguramente pasará mucho tiempo más. No es solo por falta de plata sino que no me quiero lastimar. No sé como hacer para tomar nuevamente un colectivo y no pensar tantas cosas que seguramente se me vendrán a la cabeza. Tantas cosas sobre… sobre la vida. Solo eso. Para que explicar más, si estás acá y te enganchaste con esto es porque sabes el motivo de mi no-viaje.
Me pasó algo raro al escuchar estas canciones. No estoy loco pero cuando las escuchaba recordé que allá por el año 2005 sentía un vacío enorme. Una necesidad imperiosa de jugar la que quizás consideraba mi última carta. Y bueno, tomando estas canciones como “una señal” (ja, para entender la risa leer por favor el texto anterior) fui armando una previa. Una previa a un camino que comencé a recorrer en forma física el 16 de Mayo del año siguiente. Un camino que en los primeros pasos me encontró tan vacío como antes.
Hace varios días que escucho la presentación de una programa de radio que pasan los sábados a la tarde por LA RED Mar del Plata en el cual entre otras cosas dice algo así que “es precisamente este vacío el que nos permitirá llenarnos nuevamente”. Es interesante, es una teoría de Newton que si encuentro pegaré a continuación.
¿…?
Nop! No la encontré! Y bueno, igual me parece que tiene algo de real. Ya me había vaciado mucho durante los años previos al viaje y a partir de eso comencé sin dudas a incorporar muchas cosas. Todo comenzó la mañana de ese día perdido de mayo. Me acuerdo que me bajé del colectivo y antes de tocar suelo marplatense me frené en la escalera, provocando casi un embotellamiento con el resto de los pasajeros que me seguían en fila india, y pisé primero con el pie derecho junto a la frase “Empezamos, que salga bien”. Y acá estamos. Salió…
Hoy es otro momento de esos. Me refiero a otro momento de vació. Quizás un poco más triste que el anterior, indudablemente mucho más doloroso, con ese gusto amargo, rancio, que tienen los fracasos del corazón, pero también, creo que ya lo dije, es otro momento. Distinto. No sé si bueno, no sé si malo. Distinto. Un momento en el cual espero que el vació sea pronto tan fuerte como para arrastrar hacia mí las cosas que dejen de convertirlo en tal. No hay apuro, ni siquiera pretendo que al final de camino esté repleto nuevamente, ni que sea tan rápido como la primera vez. Pero que venga algo. Cosas nuevas, por supuesto!! Cosas viejas, ojalá!!. Cosas. De las nuevas que nunca pensé tener, se siente muy bien cuando eso pasa, o de las viejas que considerabas perdidas, también se siente bien pero si son oportunas y llegan en el momento adecuado. Es que cuando las cosas viejas tardan en llegar, mmm… existe ese riesgo de que todo cuesta el doble. Que las segundas partes no fueron buenas. Quizás lo mejor de estos regresos es que cuando suceden te das cuenta de que superaste una etapa fea. Te demostrás a vos mismo, y eso te posibilita seguir caminando, que las cosas que en algún momento dejaron de ser imprescindibles. Me pasó hace poco, quizás fue lo primero con lo que comencé a ocupar el vacío. Es algo así como “Lo que quise ayer lo tengo hoy, pero hoy ya no es ayer”. Una especie de gataflorismo humano, o al menos un gataflorismo de cierta especie de humanos. La mía claro, mi especie.
Ahora que pienso que en cinco minutos tendré que re leer esto que acabo de escribir no estoy muy seguro si estas líneas tienen un hilo conductor. Creo que no. Ya son 23:45hs y no recuerdo bien que es lo que quería decir al abrir el archivo de Word y comenzar a escribir. Lo más fácil sería “una asociación de ideas” pero no creo que haya puesto muchas ideas asociadas. Hace tiempo tenía un profesor que me decía que la mejor forma de escribir algo interesante y vendible era ser lo más claro posible. Saber qué se va a decir y esforzarse hasta el mínimo detalle para conseguirlo. Eso le iba a dar a un texto el orden que la gramática exige, y la atracción popular que el mercado necesita. Es decir es mejor hablar de Boca que de Sporting. Porque se supone, solo se supone, que hay mas hinchas de Boca. También decía que escribir de otra forma no era inútil, servia y mucho. Pero la única esperanza de que trascienda era cruzarse con un loco igual que uno, que piense o sientas cosas parecidas en ese momento. Y bueno, quizás estas dos carillas de Word que llevo van destinadas a un loco como yo. Y siendo muy optimista, quizás ese mismo loco se atreva a poner un comentario sobre esta entrada y me explique que es exactamente lo que estoy tratando de decir.
Hoy ya es jueves 3 de abril. Son algo así como las 20:33. Siento que no es otra tarde como las demás. No se parece a otro jueves cobarde. Pienso y sumo algo más a esto que escribí. A los momentos. A como las cosas tangibles te sirven para darte cuenta de los cambios. No es otra locura mía. Anoche terminé de leer El Interior de Martín Caparrós. Realmente muy bueno. Superó ampliamente las expectativas. Gracias Rocío, sumaste algo más a mi vida. Gracias linda. Te cuento, a vos y a quien lea esto, que cuando lo terminé fue imposible no pensar en como estaba cuando empecé la primera página. Es mucha diferencia con este estado actual, y es una diferencia buena. Cumplió con el objetivo que tenía, con lo que me dijiste en ese mensaje. Fue mi compañero en muchas noches, en mis viajes de ida y vuelta en colectivo, y también en las tardes de sol de Plaza Mitre y Varesse. Ocupó mucho tiempo y si bien dicen que el saber no ocupa lugar, la concentración, el interpretar, el sentir que podes leer de corrido un texto sin parar un segundo hace más aliviado el viaje y te hace vomitar cosas indeseables. Lo hace más tranquilo. Y una vez terminado el libro pensé en eso. En como crecí y en como se fueron acomodando mis sentimientos en estos 30 días. Gracias Ro, por todo. A pesar de que las cosas sean como son, siempre estuviste y ahora me demostrás una vez más que, equivocados o no, siempre estamos. ¿Como era? Ah sí, ¿Cuantas veces estuviste cerca de alguien y lo sentiste a 400km de distancia? Esta es la otra cara. De una forma muy particular, nuestra manera, seguimos estando.
Los libros, la música, las plazas son cosas muy particulares. Cuando empezamos un libro es imposible que sigamos siendo la misma persona. Nunca escuchamos la misma canción y nos sentimos igual. Nunca caminamos por los mismos lugares y nos encontramos con el “yo viejo”. Y eso es algo que se aprende y para siempre. Y yo lo guardé, y me hace lo que soy hoy. Muy distinto a lo que seré mañana, pero seguramente mucho mejor que antes. Está buena la vida, es interesante.
La canción dice “Es que la muerte está tan segura de vencer, que nos da toda una vida de ventaja”. Lo que la muerte no sabe es que la tengo presente a cada minuto. Y lo mejor, que la muerte ni siquiera sospecha, es que prefiero este estado de crecimiento. Con gente, con sol, con lecturas, con sonrisas y con lagrimas. Porque todo eso hacen algo que nadie puede lograr, todo eso me hacen lo que soy: Pasado, presente y futuro metido en un cuerpo de 75kg y 1,76mts de estatura.
Sigo con Coti. Sigo y me acuerdo del antes. Sigo y me acuerdo del durante. Uff, que lindo el durante… Sigo y me da miedo el después. Uff, que inevitable el después…
Lamento decir que re leí el texto y mmm… ¿que quise decir? Se los dejo, piensen y si encuentran alguna respuesta ya saben. Me avisan. Por mi parte el único motivo que encuentro es el alivio. Me alivió. El escribir sigue siendo un tonto alivio.
Nada, me voy cantando…

Parar, parar, parar,
Eso no está en mis planes
Parar, parar, parar,
Eso es para bacanes
Que dejan el tiempo pasar. (…)