La linea del Ecuador

Hace dos madrugas alguien vio un viejo cuchillo...

Luna

Nuevas investigaciones detectaron grietas en la corteza de la luna...

Los Gorriones

Muchas veces veo revolotear gorriones cerca de los autos, en los jardines...

26 de agosto de 2009

Y bue... Vamos por otra vuelta... :-)


2002 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires - 2009

23 de agosto de 2009

Carta de (des)amor

Estimada (…):

Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.
Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.

Cosas a conservar:
- La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.
- El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.
- El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
- La mancha de rimel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
- La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
- El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
- Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
- Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).

Cosas que puedes conservar tú:
- Los silencios.
- Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.
- El sabor acre de los insultos y reproches.
- La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.
- Las nauseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
- El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.
- Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.
- (...) y (...). Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.
Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) solo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo solo son eso: objetos.
Por último, recordarte el n º de teléfono de mi abogado (914070485) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento.

Afectuosamente, (…).

7 de agosto de 2009

Mi amigo

Ayer me volví a encontrar con mi amigo, del que les conté unos post atrás, y me bastaron cinco minutos para saber que me costaba mucho ayudarlo. Que no sabía como. A sus problemas de “sístole sin diástole” se le agregaron otros laborales y eso me sorprendió porque yo pensé que estaba en un buen momento. Por lo visto me equivoqué, y él también. Me dejó desconcertado. Tanto que solo atiné a darle esos consejos que siempre decimos pero que nunca hacemos. La famosa “paja en el ojo ajeno”.
Su vida sentimental o social se puso muy complicada. Al principio pensé lo fuerte de su amor, lo sincero, lo profundo. Con el correr de las horas me di cuenta que el problema era otro. No lo complicaban sus sentimientos actuales sino las marcas que su último, y creo no equivocarme al decir primero y único, amor le habían dejado. La marca más cruel. La cicatriz más grande, fea y con pocas ganas de desaparecer que esa relación le dejó era la desconfianza. Ya no creía. Se apagó esa parte de su vida. Ya no creía, ya no podía ni siquiera imaginarse hablando de amor sin que le provocara rechazo. Sin sentir que era una palabra o un sentimiento demasiado cursi para los tiempos que corren. Para sus tiempos.
El resto vino todo de la mano. Desaparecer, alejarse de la poca o mucha gente que muestra interés en rodearlo, dejar pasar relaciones y hasta incluso posibles amores se había vuelto tan cotidiano como respirar. Su falta de ganas me asustó. Es como estar sentado en el cordón de la vereda y ver con muchas ganas, con muchos deseos, el cordón de enfrente pero a pesar de desear tanto dar ese paso, pisar esas nuevas baldosas, no tenía ganas de moverse. Ya no era como la última vez que hablamos. El problema ya no era que en el medio había una calle muy transitada y no podía cruzarla. Ahora el tema era que ni siquiera llegaba a la instancia de decir “no puedo”. Simplemente no lo intentaba. Estaba apagado. En off.
Y así sigue, ojalá puedo ayudarlo. Ojalá al menos mañana, u hoy porque ya no mas de las 12, pueda tener ese alivio de solucionar su complicado, pero no imposible, problema laboral. Y que ese sea el primer paso para un largo verano que espero esté por llegar en su vida. Ojalá que las pocas personas, o el poquito de personas, que aún permanecemos cerca de él no nos rindamos. Ojalá, aunque diga mil veces no, podamos seguir estando. Quizás ayudándolo logramos ayudarnos un poco nosotros.

2 de agosto de 2009

Quedate en Buenos Aires

Hoy fue un día gris en Villa Crespo. Gris y demasiado frío. Siempre me gustó mucho más el invierno pero lo de hoy es un abuso. Por suerte este es un lugar que tiene una cantidad enorme de posibilidades para hacer en un día como hoy. Te da ofrece todas las condiciones para estar triste por la soledad pero no te da el tiempo para hacerlo.
Extraño esas tardes de domingo que pasaba encerrado, pero con gusto y sarna con gusto no pica decía la abuela, en los estudios de Radio Nacional. Eso ya quedó atrás así que en un intento desesperado por romper la rutina me propuse tocarle el culo a esta ciudad en la cual en cada esquina te espera una aventura.
Salí por Estado de Israel, llegué a Corrientes, y luego seguí caminando por Ángel Gallardo hasta Parque Centenario. Ni bien pasé el museo de Ciencias Naturales me tomé, como hace tantos años, con los puestos de revistas. Fue uno de esos segundos en los cuales el almanaque se quema, las arrugas desaparecen, las tristezas se borran y la ropa te queda grande. Y como si fuera un capítulo de “volver al futuro” ahí los encontré de nuevo. Cientos de ejemplares viejos de Revista el Grafico, libros que hacia mucho que no veía, algunas garrafas prendidas, termos, y mates pasando de mano en mano.
Como si fuera una mañana de sábado del 2001 me compré un viejo libro de Osvaldo Soriano. Lo encontré en una caja de cartón de aceite patito junto a un montón de libros para pintar que miraba un nene de no más de 10 años. Cuando vi “no habrá más penas ni olvidos” y lo empecé a ojear para comprobar su estado, el pibe clavó sus ojos en mis manos y me miraba como preguntándose “y eso que es?”. Me di cuenta y se lo empecé a mostrar. Le conté quien había sido Soriano, las obras que había leído hace mucho y que ese que tenía en mis manos nunca lo había podido leer. Le dije que era un periodista hincha de San Lorenzo que había muerto hace ya unos cuantos años. Incluso antes que él naciera.
Sus ojos quedaron como dos bolas enormes que no podían ni pestañar. Ante cada palabra mía lo miraba al padre como preguntándole si era verdad. Mientras él retomó su interés por las pinturas yo seguí revisando la caja y vi el primer libro que leí de este escritor. Era “Piratas, Fantasmas y Dinosaurios”. Una vieja recopilación de notas que Soriano publicaba los días sábados en la contratapa de Pagina 12. Pregunté el precio, y por solo $ 34 me di el lujo de llenar mi necesidad de lectura y de regalarle, previo guiño del padre, uno a este chico que a esa altura ya se había olvidado hasta de los colores primeros que pensaba usar para pintar. Saludé al Sr. del puesto y me fui a sentar frente al lago, cerca de los juegos, de uno de los mejores lugares de Buenos Aires que recuerdo. Mientras me alejaba de los puestos empecé a escuchar música. Una vieja radio, seguramente no era una Spica, que decía “A donde vas? Quedate en Buenos Aires si todavía venden la foto de Gardel…”.
Fue un buen domingo. Uno de los mas lindos y más nostálgicos. Cuando no aguanté más el frío volví a casa con la ilusión se seguir encontrando una aventura en alguna de las próximas 20 esquinas que me quedaban por pasar.

Quedate en Buenos Aires (Cacho Castaña)



Cuantas veces que estuve cansado de andar, reventando la mufa en la mesa de un bar. Con rencor, por amar, intentando escapar de la ciudad.
Camine con las sombras del amanecer y desde una vidriera mi nombre escuche y al volver, observe, que la voz de un maniquí llego hasta mi.
A donde vas, quedate en Buenos Aires si todavía venden la foto de Gardel. Y en un boliche que queda por San Telmo, Rivero!, Rivero canta tangos pero del tiempo aquel.
A donde vas quedate en Buenos Aires si por tus venas corren mil ríos de alquitrán. Si en cada esquina te espera una aventura, dejate de locuras, no quieras escapar.
Así fue que esa noche por un maniquí un concierto en la sangre comencé a sentir. Ser feliz es aquí y ya nunca de mi gente e de partir.
Hoy pase por la casa de aquel maniquí lo vistieron de seda y le quize decir: ya lo ves, soy feliz. Disculpame si hoy te vengo a desvestir.
A donde vas, quedate en Buenos Aires si todavía venden la foto de Gardel. Y en un boliche que queda por San Telmo, Rivero!, Rivero canta tangos pero del tiempo aquel.
A donde vas quedate en Buenos Aires si por tus venas corren mil ríos de alquitrán. Si en cada esquina te espera una aventura, dejate de locuras, no quieras escapar.

1 de agosto de 2009

Muera la muerte

El 23 de Noviembre de 2004 murió Adolfo Castello. Recuerdo haber pasado una cantidad interminables de tardes escuchando su programa “Mirá lo que digo, escuchá lo que te muestro” que pasaban por Radio Mitre. Más allá de la noticia recuerdo una nota que Magdalena Ruiz Guinazú le hizo a Joaquín Sabina. El flaco dijo una frase que no pude olvidar, y luego la usó en una de sus canciones: “Muera la muerte”.
No creo que en estas líneas pueda decir algo que antes alguien no haya pensado o transmitido y todos, absolutamente todos, en menor o mayor medida, nos codeamos con ella en algún momento de nuestras vidas. Como cualquier pérdida, ya sea física o sentimental, hay como una seria de sensaciones que no nos salteamos. El pensar que no pasó, llorar sin poder parar, querer dormir interminablemente deseando que al despertar nos vamos a dar cuenta que solo fue una de nuestras peores pesadillas, aceptarlo y volver a llorar sin parar, aceptarlo y llorar, y luego, como paso previo a la aceptación final, sentirnos profundamente triste. Pero muy tristes, de esas que nos hace concentrarnos mucho en nuestras tareas y no tener una décima de la “chispa” que nos caracterizaba. No tener, ni sentir, ese brillo en los ojos.
En algún momento las cosas vuelven a encaminarse. La vida sigue y va demasiado rápido. Nos invaden proyectos, sueños, buenas noticias, respiramos, reímos. Volvemos a hacer todo aquello que en ese momento parecía imposible. Eso que no entraba en ningún pensamiento y no lo hacia simplemente porque no teníamos lugar para nada más. No era una reacción negativa o de pesimismo crónico, sería más acertado definirlo como una vaso lleno de agua y tapado. No hay lugar para nada más, pero como tiene tapa tampoco tiene el riesgo de rebalsarse. Estamos en el limite y así seguimos hasta tomar la decisión de abrirlo, vaciarlo y volver a juntar una a una las gotas que caen en el camino que elegimos andar.
Al miedo, el hambre, las frustraciones, los dolores, el frió, el calor, y hasta al amor y mi puta diabetes le podemos dar batalla con aspiraciones de ganarle. A la muerte no. Nos manda ella. Las reglas las pone ella. Sin embargo, como todo, tiene su ponto débil. Si lo comparo con un partido de fútbol el análisis rápido me llevaría decir que perdemos por goleada. Pero eso es solo imagen. Porque ante cada muerte, ante cada inevitable perdida, muchas de ellas en los momentos mas inesperados, siempre siempre tenemos la chance de seguir. Los otros, los que nos “quedamos”, hacemos nuestro duelo y luego estamos otra vez con proyectos, soñando, recibiendo buenas noticias, respirando, riendo. La fuerza que nos lleva a eso es la derrota de la “ingrata dama”. Y esa batalla sí la podemos ganar. Cada una de las cosas que nos pasaron nos hacen lo que somos hoy y si hoy miramos hacia atrás y nos vemos mejores, no tengan la menor la duda que esos momentos indeseables e inevitables también son responsables de nuestra maduración y nuestros logros.
“Muera la muerte” decía Sabina el 23 de Noviembre de 2004. Y sí, que muera Joaquín. Pero si no lo hace, que al menos nos de ese espacio para el contraataque. La chance de seguir. Todos los hombros que supimos conseguir son bienvenidos. Todos los silencios que las personas quieran compartir con nosotros son aceptados. Y todo momento de nostalgia será bien visto porque nos aclara quienes fuimos, como llegamos hasta acá, y sobretodo nos deja un claro mensaje de que ya demostramos tener las espaldas lo suficientemente anchas para seguir. No son en vano las cicatrices, son nuestras medallas y nuestro empujo cuando sentimos que no podemos más y nos invade la profunda tristezas. Son el primer paso para llegar.