La linea del Ecuador

Hace dos madrugas alguien vio un viejo cuchillo...

Luna

Nuevas investigaciones detectaron grietas en la corteza de la luna...

Nada mal por 5 pesos

“Acosta, me gané el Loto!! No lo puedo creer, gané el Loto!”

30 de marzo de 2011

Ni flaco, ni tan convidado

Mis ratos, los íntimos, se reducen a los tres o cuatro escalones del hall de entrada del edificio. Mis momentos, como aquel en el cual me olvidaba del mundo usando la compu mientras vos espiabas mis libros dejándome hacer, se reducen a ese pequeño espacio que va desde mi culo en el escalón hasta mis pies en la vereda.
Y desde ese lugar, a la hora de la luna, me hago amigo de este lugar que aun no siento mío ni en su porcentaje mas chico. Desde ahí intento encontrar respuesta a este “¿Qué hago acá?” o, en el mejor de los casos, busco distraerme y olvidar de preguntarlo a cada rato.
El paisaje que tengo antes mis ojos no es el mejor. Aunque, quizás mas por preferir sentirme cómodo conmigo mismo que con las cosas, nunca le dí a los lugares físicos la importancia que seguramente se merecen. De todas formas no puedo negar que la vuelta al perro de Mar del Plata era mucho mas interesante que el empapelado que me muestra día a día estas calles pero es todo muy relativo. No lo extraño.
A la una de la mañana, cuando enciendo mi tercer cigarrillo de la jornada, mis ojos se pierden buscando detalles idiotas en los autos que están estacionados; en los resto de basura que los recolectores de residuo dejan al cumplir con su 80% de eficacia nocturna; me sorprendo con el silencio que hay a pesar de estas a cien metros de lo que dicen es la avenida mas larga del mundo; y me distraigo mirando de reojo cual es el tema que sigue en mi gastado mp3 que compré cuando aun no sabía que te ibas a ir. En realidad cuando aun no sabía aun que tenía planes de que te quedes.
Levanto la vista, suspiro, trato de buscar el cielo y los arboles me juegan una mala pasada. Es imposible ver el cielo limpio y entre tantas ramas, aun con hojas a pesar de la reciente llegada del otoño, confundo luces de mercurio con destellos de Luna. Una luna solitaria, triste, apagada, totalmente dependiente de la luz que el sol logra reflejar en ella. Y mientras enciendo el cuarto cigarrillo la realidad del quinto auto que pasa en menos de dos minutos trae mi vista nuevamente a la tierra. Ni siquiera un martes a la una de la madrugada puedo encontrar aquel silencio que hace unos minutos parecía eterno y necesario. Ni siquiera una noche como hoy puedo librarme del sonido que hace el tren al pasar.
De golpe pasa un chico corriendo por la vereda de enfrente. Siento muy fuerte el golpe de sus zapatillas al dar cada sanco y no puedo evitar mirarlo con cierta cara de preocupación. No puedo evitar pensar si pasó algo, si alguien lo sigue. Recuerdo las palabras de Aníbal Fernández y trato de darle un sentido no tan político al “hay una sensación de inseguridad” y creo que por primera vez le creo o al menos lo entiendo.
La palabra “sensación” me hace pensar en vos. Me hace reconocer, una vez mas, que te extraño; que me resulta muy difícil no cruzarme con tu imagen en alguno de los 1440 minutos que tiene el día; que hay millones de charlas y palabras dando vueltas; que son cosas que espero olvidar rápido o al menos espero que dejen de doler. Me doy cuenta que lejos de esa “sensación” tu ausencia es una realidad inmodificable. Reconozco las ganas que tengo de hablarte, de contarte donde estoy, que estoy haciendo, que vine a buscar, decirte una vez mas mis miedos, buscar ese abrazo silencioso que no dice nada y dice todo, ganas de saber de vos y que ese saber me guste.
Y no me refiero a que haya quedado algo pendiente que decir o hacer. Por primera sentí que lo hecho en ese momento fue lo necesario, fue todo lo posible a esa hora y a ese lugar. Lo que surja después es absolutamente relativo e innecesario. Las decisiones las tomamos en el momento, con lo que fuimos y somos hasta ahí, y si bien no me arrepiento no puedo dejar de comparar tu presencia, o tu ausencia, como ese pedacito de nuez que se queda atrapado entre las muelas después de comer una ensalada Waldorf. Quizás lo que tengo es esa necesidad de preguntar “¿Qué ha sido de ti?”, “¿Qué fue de nosotros?”, “¿Qué ha sido de mí?” y que la respuesta me guste.
Son casi las dos de la mañana y sigo acá. Suena feo que lo diga pero el escalón es duro y ya me está doliendo el c…. Además mis pies tienen la necesidad dejar medias y zapatillas al menos por las próximas ocho horas. Mañana será martes y necesito que sea uno bueno. De buenas noticias, de llamados que aun no llegan a pesar de mirar el teléfono cada minuto y veinticinco segundos. Un martes sin vos, en todo el amplio sentido de la palabra.
No porque lo quiera borrar definitivamente pero las cosas fueron escritas así. Y con eso no me refiero al destino. Quiero decir que aun mantengo ese pensamiento de que “la excusa mas cobarde es culpar al destino”. Las hojas están escritas por nosotros. No hablo de una incertidumbre, hablo de algo real escrito por en el pasado y esto es un libro complicado que no permite volver las hojas atrás. Entonces me ilumino por un rato, por la luz de mi mente o por el cartel de “libre” del taxi que acaba de parar en el cordón, y me doy cuenta que el 50% no es suficiente para seguir. Lo bueno y lo malo de la vida se tiene que seguir viviendo de a dos. Y me doy cuenta que en casa tengo un cajón lleno de medias y ya no necesito mas. Prefiero intentar, una vez mas, llegar al lleno completo o al menos a vaciar del todo este gastado vaso que de a ratos no sabe como seguir en la mesa. Por suerte es solo de a ratos, por suerte los dos sabemos que soy de los que siguen. Quizás con una mochila mas pesada, pero soy de los que siguen…

Ndr: Al cierre de este texto, en este martes que se termina, no apareció el llamado telefónico esperado. Será seguramente mañana, o el jueves, o el viernes. Va a llegar. Pero sí apareció un mail que no esperaba y como me dijeron hoy... "sorpresas te da la vida". Está vez no lo quiero dejar pasar, quiero demostrar y demostrarme que ya dejé de andar a contramano. Buenas noches, que tengan un lindo miércoles.

27 de marzo de 2011

Primer Beso

Ayer a la tarde fui testigo de lo que creo fue un primer beso. Voy a contarlo bien y al final ustedes me darán sus conclusiones. De todas formas más allá de lo que me digan les aviso que prefiero seguir pensando en que fui testigo de uno de los momentos más mágicos que tenemos los humanos. Momentos para los cuales no es necesario tener plata o salud. Esos chispazos gratuitos de felicidad. Bueno, de esos que no se compran con plata porque gratis no hay nada, ni los besos. Antes, o después, lo terminamos pagando pero supongo se pagan con muchas más ganas que el alquiler o las expensas.
Ayer a la tarde tenía que ir Palermo. Más o menos, más menos que más, sabía como llegar asique salí con tiempo de sobra a la parada del 141. Llegué y la espera se demoró mas de lo pensado. Supongo que es algo de esta ciudad a lo cual me deberé acostumbrar. En realidad no lo supongo, lo tengo que hacer.
El asunto es que me apoyé cómodamente en el palo que sostenía el cartel azul que indicaba la parada y allí me quedé. Mientras pasaban los minutos y mi reconocida poca paciencia se diluía recordé que tenía que comprar un abre latas. Justo frente a la parada había un negocio que vendía esa clase de porquerías. Asi que me quede observando a ver si desde mi posición lo podía ubicar. No pude. Cuando la espera del 141 había pasado ampliamente los 30 minutos decidí entrar pero justo en ese mismo instante venía el micro y… me subí.
Pagué $1,25 y como no había asiento me quedé parado. Observé que al lado mío había una pareja hablando. En realidad eran dos personas hablando. Él, unos 26 años, pelo corto, barba de dos días, jeans, y campera deportiva. Creo que tenía una chomba o una remera, no recuerdo bien. Ella, unos 22, jeans de los que en mi época se llamaban elastisados, campera deportiva, estilo rompe viento, larga. Sus manos se entrelazaban en su espalda pero la primera señal que percibí fue en sus ojos. Los tenía bien abiertos, como queriendo no perder nada de lo que veía, brillosos, y una inconfundible cara de timidez mientras lo escuchaba. Claro que él tampoco se preocupaba en disimular su cara de estar pensando “animate, animate”. Hablaban pavadas, contaban historias, se reían mas por las señas de sus caras o las onomatopeyas que por las palabras en sí.
El viaje desde Caballito a Palermo no es tan popular un día sábado a la tarde pero el colectivo, quizás mas por la demora en pasar que por lo concurrido de ese recorrido, se comenzó a llenar. Entonces a medida que subía gente el espacio que había entre ellos se fue achicando. Imagen a dos personas de frente, hablando. El lugar físico se empieza a llenar y ese lugar vacío del medio no puede seguir así. Entonces ella tomó la iniciativa y se comenzó a acercar lentamente. Las charlas y las caras “graciosas” ya no estaban y en ese preciso momento llegó el silencio. Que estado tan ciclotímico es el silencio, su presencia es tan maravillosa en muchos momentos, y es tan cruel y dolorosa en otros. Este era de los buenos, fue la calma previa a la tormenta. Una tormenta con final feliz.
Él se acercó, con su mano derecha acarició la mejilla de ella y con mucha lentitud le dio un beso que sonó a lindo. Suave, lento, rico. Sin dudas tenía las características de ser el primero. Lo digo porque inmediatamente después los dos se quedaron mirándo, siempre en silencio, y ya sin poder hacer las caras para reír. La respuesta de ella fue acercarse en búsqueda de la continuación de aquello que acababa de comenzar.
Luego “la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”. Para mi sorpresa el colectivo no se detuvo. Los pasajeros no se pararon emocionados a aplaudir. Las campanas de las iglesias no sonaron. Seguramente unos cuantos metros debajo nuestro el subte seguía su metódico recorrido de domingo. Los semáforos siguieron pasando del rojo al verde con una muy breve interrupción en amarillo. La vida siguió. La del chofer, la mía, la del resto del pasaje, y siguió la de ellos. Dos paradas después se bajaron y los miré como esperando mas. Me quedé observando como seguía la historia después de eso. Y me di cuenta que sigue normal. Se fueron por la calle, no recuerdo cual, charlando de la misma forma que lo hacían cuando los conocí unas paradas más atrás, con las mismas caras, las mismas sonrisas. Pero ese primer beso de una relación, esa sensación que tenemos cuando lo damos y encontramos, al menos ahí, al menos en ese chiquito momento, una aceptación que parece eterna y nunca lo es, es algo impagable.
Obviamente no pude apartar mi cabeza de mis primeros besos. Esa descripción de sensaciones es mas mía que de ellos. Pero me vi reflejado en esa cara con dos días de barba, en esos nervios, en esa risa idiota, en ese momento tan cursi como un 14 de Febrero para alguien que no está enamorado o tiene el corazón roto. Fueron mas mis momentos que los de ellos. Y es imposible despegarse de los primeros besos que luego trajeron momentos que no hubiésemos querido pasar. Es imposible empezar por recordar esos besos y no quedarme con el sentimiento a flor de piel de aquel, o este, sufrimiento.
La tarde en Palermo terminó de noche. Y cuando llegué a casa quise comer atún pero me di cuenta que no había comprado el abre latas. Me acordé que estuve media hora mirando el negocio y que cuando me decidí a entrar ya era tarde: Venía el colectivo. Y con el recuerdo de mi tarde en Palermo, de esa historia de primer beso, y del abre latas que no compré, me fui a dormir pensando en las veces que dejé pasar cosas por no decidirme a entrar a tiempo. Pensando en los largos caminos a contramano que he recorrido. Pensando en que aun lo sigo haciendo. Y Pensando que me moría de hambre y ese atún hubiese estado buenísimo…

26 de marzo de 2011

Veo, Veo...

- Veo, Veo.
- ¿Qué ves?

En un lapso de una hora pasaron delante de mí más de mil personas. Todas acompañadas y todas solas. Todas alegres y todas tristes. Todas diferentes y todas iguales.
Y ante tanta variedad, y tanta igualdad, no pude evitar encontrarme identificado. Aunque muchas veces la sensación es ser siempre esa pata impar que hace bailar la mesa. Esa que ni con un viejo cartón o papel de diario prolijamente cortado podemos lograr que quede firme. Esa pata impar única e irrepetible. La del molde roto. La que no tiene otra igual. Esa del “no habrá ninguna igual, no habrá ninguna”.
Una tarde más, de un domingo más de enero, en la rambla frente al Hotel Provincial. Me senté, dejé mis pies colgando y golpeé mis talones en el improvisado asiento. Los chocaba y rebotaban una y otra vez. Como algo que se nos acerca mucho a nosotros y rebota al querer entrar, como algo que por alguna escondida y rebuscada razón no queremos dejar pasar. Aunque las ganas, la proyección y el deseo nos diga que debemos dejarlo hacer, la respuesta es siempre no. No dejamos que el final de la historia termine en un simple, tradicional, y cursi: “y comieron perdices”.

- Veo, Veo
- ¿Qué ves?
- Una cosa
- ¿Qué cosa?
- Maravillosa
- ¿Maravillosa?

14 de marzo de 2011

Luna

Nuevas investigaciones detectaron grietas en la corteza lunar las cuales se formaron a medida que el interior de la misma se fue enfriando y encogiendo en los últimos mil millones de años. Debido a esto los científicos lograron identificar un encogimiento en el tamaño de la Luna: en total se estima que su diámetro se achicó 100 metros. Sin embargo, debido a su tamaño original, este cambió no puede ser advertido a simple vista.
Mientras espío en los canales de noticias el bombardeo de información que llega desde Japón, y las distintas costas del Pacífico, me comencé a preguntar por que no será la tierra la que tenga esta facultad de achicarse. Porque, en esta parte del universo, las consecuencias de tanto movimiento de tierra solo dejan registrado un movimiento de 10 tristes centímetros en el eje de la tierra. Sería muy bueno tener las facultades de la Luna. Ni siquiera pido que sea un núcleo de frío la causa. A mi escaso conocimiento científico le bastaría con saber que la tierra es cada día una pelota mas chica. Estos 100 metros cada mil millones de años me dejarían mes a mes, década a década, algunos pasos mas cerca de vos. Ya no existirían esos doscientos y pico de kilómetros de antes o los 500 de ahora. Simplemente el correr del tiempo se encargaría de poner cada cosa en su lugar, de achicar esa ínfima distancia. La vida, el destino, o quien carajo sea el que juega a ser Dios, o los que hacen de mamá y papá en este idiota juego, se encargaría de arrancar las hojas del calendario y a hacer cada vez mas corto los 12756 km de diámetro que aun tiene este bendito planeta.
Claro! luego TN fue a la pausa, me di cuenta que lo que estaba mirando era un canal de noticias y que mis deseos solo se cumplen en las películas. El baño de realidad me trajo a la mente que podríamos vivir a dos casas de distancia y sin embargo la línea que nos separaría sería enorme, mucho mas grande que la física que nos separó cuando las cosas se parecían a esos finales de películas que seguramente alguna vez soñaste. Dije finales de películas y me acorde de las sillas abrazadas, del “todo muy lindo pero mañana sigue la vida real” que escuchamos como sentenciados a muerte una triste mañana de domingo. Mañana que empezó con la elección de lo que parecía ser una buena película de amor. De amor, dije? Creo que era mas una peli de perder posibilidades, de llegar tarde, a destiempo, en fin, de ir a contramano como nos solía pasar cuando aun creíamos en que un mundo mejor era posible. Cuando creíamos que tan difícil no podía ser, en que las cosas pasan por algo y lo que se gestaba costaba y dolía pero lo hacia porque era para quedarse. Para decir “llegamos”…
Hoy lo sigo creyendo, o quizás muero de ganas por creer, solo que sé, aunque me niegue a aceptarlo, que será con otros protagonistas. Tu historia ya parece tener todo el reparto de actores con nombre y apellido incluidos. La mía aun ni siquiera sabe cual será el escenario natural donde se filmará asi que para afinar el libreto y hacer el casting tengo tiempo aún… Mientras tanto sigo recordando historias mientras miro la luna, ahora en su versión mas chica, desde la ventana de esta improvisada casa, que no es la tuya, ni la mía, ni la nuestra, que me espera cada noche cuando mi día parece haber llegado a su fin.