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20 de agosto de 2011

Bienvenida a este Lío

La tarde de Buenos Aires no deja nacer el sábado. Este sábado víspera de feriado, de lunes libre, de tres días tan largos e interminables como cortos y efímeros.
Sentado sólo en esta mesa para cuatro, Caballito me muestra una imagen similar a la que seguramente se ve en los otros 99 barrios porteños. Ni las nubes negras con ganas de lluvia, ni el pronóstico de frio polar, puede evitar ese ida y vuelta constante de grandes y chicos en busca de regalos para el día del niño.
Seguramente lo están esperando pero no voy a hacer un repaso memorioso sobre mis recuerdos de esta época del año. No es solamente por falta de ganas de bucear en la nostalgia propia sino porque el tiempo pasa y la memoria ya no es la misma. Tengo una mezcla de recuerdos y no podría identificar si tal o cual momento paso en Navidad, Reyes o en un día como mañana. Ni siquiera sé si los regalos recibidos fueron por estos motivos o simplemente llegaron en forma de mimo para el nene caprichoso y malcriado que siempre fui.
Sin embargo, por algún motivo que aun me cuesta identificar, estos días tienen algo especial. Es como si algo o alguien este ocupado y preocupado para que no lo sienta como un momento más. Como si quisieran que reflote esa sensación de inocencia tan lejana y tan necesaria. Sensación que recuerdo haber guardado junto a mi ex juguetes en una vieja y húmeda caja de cartón en el galpón de la casa de mi abuela materna. Esa misma casa que me duele mucho recordar y a la cual evito pisar desde que ella ya no está.
Y de golpe, mientras tomo un McCafe de Capuccino Mocco a dos cuadras de Parque Rivadavia, se me viene a la cabeza que mañana nace Milena. Y con ese recuerdo se me hace imposible disimula la sonrisa y empiezo a entender un poco más el motivo de esta sensación de no ser una momento más en mi vida. La gente me mira sonreír sólo en una mesa de cuatro y trato de evitar llamar la atención pero ni siquiera mi bufanda, ya inundada de perfume francés, puede evitar que se me note. Es una sonrisa con cara completa, y se ve desde la frente arrugada hasta el punto donde termina la pera.
Y de golpe me acuerdo que ayer alguien escuchaba “No Basta” de Franco de Vita y mientras lo hacía me contaba que se lo hicieron escuchar en el curso de parto y que desde entonces no podía evitar ponerlo una y otra vez. Y ese comentario tan simple me hizo darme cuenta que mil veces la escuché pero siempre desde el lado de hijo mirando de reojo al padre y nunca desde el otro lado. Nunca cruzando la vereda.
Sigo en esta mesa sin compartir y por la ventana veo como el semáforo pasa del verde al rojo, y mientras lo hace el paso cebra se llena de gente que aparece de la nada e inunda la calle como si fuera la escena de “The Truman Show” donde el protagonista se quiere escapar y aparece gente que le interrumpe el paso para que se quede.
Entre esa gente me vi yo con mis 5 o 6 años entrando de la mano de mamá y papá por primera vez en el Cabildo, o caminando por Plaza de Mayo, en Junio 1986. Me vi igual que aquel año en pleno Mundial de México donde recorría por primera vez las calles desbordadas de cemento de esta ciudad.
Siempre me acuerdo del fin de ese viaje. De Retiro. De mi viejo sobornando en la aduana del Puerto a dos policías para que no nos demoren y lleguemos a tiempo al colectivo. De mi inocencia, quizás perdida o quizás oculta, de no entender por qué había que darles Australes a esos “señores”. De la imagen de las luces de Buenos Aires que veía por la ventana cuando volvíamos a Punta Alta en colectivo. De no poder parar de llorar por mi viejo y por la ciudad que dejaba. Hoy, 25 años después, estoy acá con el McCafe ya vacio. Jugando con los sobres de edulcorantes y escribiendo en una libretita robada mientras trato de disimular nuevamente con la bufanda esta picazón de nariz.
Hoy Buenos Aires me sigue pareciendo inmenso. Y ya sin papá ni mamá cerca; lejos de las coimas del puerto; de la terminal de retiro; y de aquella noche con luces de ciudad; la sensación es la misma. Ciudad inmensa donde de a ratos quiero y no quiero estar.
Y mientras hago repaso y trato de buscar calmantes para el dolor de ojos de tanto mirar para atrás, me acuerdo nuevamente que mañana nace Milena y no lo puedo creer. Y si no lo creo que yo, que casi toco de oído, no puedo imaginar lo que sentirán los padres. Pienso en la cantidad de días del niño que han vividos ellos en el papel de hijos, nietos, tíos. Y de golpe… a esta pendeja se le ocurre nacer justo el 21 de Agosto de 2011.

¡Mile! cuando te vea voy a pensar “No sé qué decirte…” y tampoco sabré que decirle a tus viejos. Con vos empezaría con un “Tú mamá es una genia a la que vi demasiadas pocas veces para mi gusto pero que siempre la sentí cerca. Tanto que si me dicen q está acá al lado revolviéndome el café, lo creo. A tu viejo lo vi una sola vez en mi vida pero ante cada “A” que escucho sobre él lo siento como uno de los míos. De mi lado. Como alguien que lejos o cerca está parado en la misma orilla que yo y mirando hacia el mismo lado”.
Sabés? Desde que volví de Mar del Plata, hace casi una semana, tengo en la cabeza esa canción de Serrat que dice “De vez en cuando la vida te besa en la boca…” y a pesar de esas sensaciones de eternos e inevitables tropiezos que a veces sentimos creo que realmente es así. Me pasó hace una semana. Me llenaron de mimos. El viaje, la compañía, los abrazos de reencuentro, y hasta la terminal y las despedidas.
Los momentos mas lindos son cuando ella, la vida, me sorprende y “toma conmigo café. Y está tan bonita que da gusto verla. Se suelta el pelo y me invita a salir con ella a escena”. Es lo que te espera en este lugar. Aunque mas no sea en un McCafe de Caballito, a dos cuadras de Parque Rivadavia, en una ciudad que a pesar de estar invadida de chicos y juguetes, no deja a esta tarde convertirse en sábado.
Bienvenida a este lio princesa, Bienvenida.