La linea del Ecuador

Hace dos madrugas alguien vio un viejo cuchillo...

Luna

Nuevas investigaciones detectaron grietas en la corteza de la luna...

Los Gorriones

Muchas veces veo revolotear gorriones cerca de los autos, en los jardines...

25 de octubre de 2011

Mi casa

Hace un tiempo escuchaba un programa de radio y alguien, creo que el ex Ministro de Economía Lousteau, dijo una frase que me quedó presente. Le preguntaban en que invertir el dinero y luego de los consejos financieros agregó que la plata que uno gasta en arreglar o ampliar su casa nunca es una perdida. Que quizás es algo que no se recupera en lo material pero si en lo espiritual. Dijo “Nunca se olviden que tu casa es el lugar donde querés volver cuando tu día fue una mierda”. Así que toda la plata del mundo es poco para darnos ese gusto de comodidad.
El finde me di cuenta que siento a Mar del Plata como mi casa. Mi ciudad. Mi lugar. Camino por sus calles y la siento mía. Tomo un taxi al llegar a su terminal e interrogo al taxista como queriendo que me ponga al tanto de lo que pasó todo este tiempo que no estuve. Viví ahí casi cinco años y en ese tiempo creo que, salvo recibirme, logré todo lo que antes no había podido hacer. Fue el lugar de varias de mis primeras veces. Fue testigo de los pasos más importantes y fundamentales de mi vida.
Pude tomarme revancha del fracaso laboral de Buenos Aires; logré amigos que siento que mas allá de la distancia van a estar cerca toda la vida; aprendí o intenté por primera vez lo que era pensar de a dos, y hasta llegué a pensar en una vida de a cuatro. Pude soñar, con más miedos que errores, en armar una familia. Tener, al fin, esa casa que no tuve en mi infancia.
Por todo esto es muy difícil sentirme parte de esta ciudad de la costa atlántica que me enseñó a caminar desde el 2006. Nací en Punta Alta. Estoy orgulloso de eso. Pero me siento mucho más cerca, me motiva mucho mas, armar el bolso para volver a “la feliz”. Me hace sacar fuerzas para ir a pesar de las odiosas terminales que me cuesta tanto enfrentar. A los viajes de a uno y sin despedidor. Me da fuerzas para enfrentar la nostalgia de estos lugares de bienvenidas y despidas. Me hace sentir que vale la pena.
En otras oportunidades he contado mis ganas de vivir en Buenos Aires. Aquella primera visita en pleno Mundial 86. Aquel llanto por no quedarme. Y el estar hoy acá es una muestra tangible de que hay cosas que puedo planear, proyectar, y concretar. Pero a pesar de esto, de esta elección de vida, no me siento de acá. Seguramente continuaré y terminaré mi vida acá pero no lo siento como mi lugar. Me ha dado mucho pero hoy, más grandes que aquellos 21 años del 2000, puedo afirmar sin temor a equivocarme que no es mi lugar. Y al decir esto no me refiero que quiera irme.
Quizas el motivo mas real que explique este sentimiento es que Mar del Plata tiene mi pasado: Bueno y Malo. Y tiene gente que me quiere y quiero. Sin embargo hace casi dos años estaba mas que dispuesto a mudarme a un pueblito de no más de 10 mil habitantes. Y esas ganas tiraron por el piso mi teoría de ser un bicho de ciudad. No me importaba cuando asfalto había, cuantos kioskos abiertos las 24 horas, me importaba algo mas. Lo mas importante, estar con la gente que quería, con quienes con medio mimo me hacían sentir el hombre mas importante y completo del continente. Entonces, teniendo en cuenta esto es que pienso que en realidad no somos de ningún lugar y a la vez somos de todos los lugares. Pienso que una partida de nacimiento, un cambio de domicilio en el DNI, o un pasaporte, no nos dice cual es nuestro lugar. Lo que lo hace nuestro es la gente que lo habita y que respira el mismo aire. Los que queremos que estén siempre. A los que queremos que nos vean bien. A esos que cuando ya no tenemos más fuerzas para hacer algo por nosotros lo intentamos al menos por ellos. Por todo el aguante en las malas. Porque sabemos que eso, en algún punto, les va a iluminar la cara y les va a dar cierto orgullo de que formemos parte de sus vidas.
Algo así pasó en mi viaje anterior. Eran buenos días, se estaba nublando pero básicamente eran buenos. Casi que muy buenos. Y entonces muchos días antes pensé el viaje, el itinerario, contaba las horas para que llegue. Me sentía bien y tenía muchas ganas de compartir esos días, y de que la gente que siempre estuvo en las no tan buenas me vea bien. Completo. Lleno. Acompañado.
Este sábado a la mañana me dijeron lo que quizás no tenía ganas de escuchar. Fue algo bueno pero en parte fue como hacerle un guiño a la melancolía y decirle “vení”. Me contaron que desde aquella visita en Agosto fui en varios encuentros motivo de conversación. Frases del estilo “que bien se lo ve a Ramiro, esta como siempre quisimos que esté”. No pude mantener mucho aquella imagen pero si la tengo en el recuerdo como un lugar, un estado, al que aspiro a llegar nuevamente.
Y ese estado lo logré cuando decidí arriesgar e irme a ese pueblo, y me pasa actualmente con Mar del Plata. Más allá de la partida de nacimiento o este viejo DNI que empieza con 27 millones.
Entendí que me sobran muchos dedos de una mano para encontrar acá lo que tengo allá. En dos días compartí barras, mesas de café o de pizzería en la cuales me di cuenta que no había mucha gente que me haga sentir así.
Me sentí en casa. El sábado volví, y mas allá de la nostalgia, las veredas o las barras otrora compartidas, fue muy bueno sentir que el aire sabe a sal.