La linea del Ecuador

Hace dos madrugas alguien vio un viejo cuchillo...

Luna

Nuevas investigaciones detectaron grietas en la corteza de la luna...

Nada mal por 5 pesos

“Acosta, me gané el Loto!! No lo puedo creer, gané el Loto!”

21 de mayo de 2012

GPS

Creo que nunca me voy a cansar de hablar de mis desencuentros. Del ir a contramano, como por una autovía pero sin una rotonda cerca. Sin la posibilidad de frenar, retomar el camino, y respirar…

El “re calculando” del GPS un término que escucho seguido pero siempre viene acompañada del inquietante “Cuidado! Está entrando en una zona peligrosa”.
Claro que mis decisiones tampoco ayudan. Siempre elijo puntos de encuentros complicados, lleno de calles que comienzan como paralelas y terminan perpendiculares, o rutas a las cuales la única forma de llegar es atravesando un camino de ripio al que temerían hasta los hermanos Patronelli.
Y así fue que me propuse encontrarme con alguien en pleno Parque Centenario de Buenos Aires. Misión imposible. Absolutamente imposible. Una calle que rodea toda la “plaza” la cual se cruza con la misma calle dos veces, lo cual rompe con el “en tal esquina” porque hay dos y están lejanas una de otras.
Tampoco es válido el “en los puestos de revistas” porque hay muchos y se desparraman en toda su circunferencia.
Al lado del lago no sirve tampoco. El lago es largo, y si el encuentro es nocturno está rodeado de rejas que no te dejan pasar.
La puerta de reja no es un buen lugar. Hay varias puertas y con el frio de estas noches es incomodo elegir una al azar y esperar a que la fortuna cumpla con su parte.
La puerta del Museo de Ciencias Naturales surgió como una gran opción. El tema es que en plena espera descubrimos que hay dos escaleras para entrar y, obviamente, nos quedamos uno en cada una.
Definitivamente los encuentros, el mismo camino, el mismo lugar, el punto en común en el momento preciso, no es mi fuerte. Al leer estas líneas veo que tampoco es el tuyo.
Mi cabeza, la misma que no sabe parar, la que corre y corre, y nos lleva varias vueltas de ventaja, sigue buscando la forma de que nuestros encuentros sean un poco más normales y naturales. Quizás no hay una fórmula. Quizás es algo que solamente sucede. No puedo dejar de pensar las veces que quise encontrar a alguien pero siempre está esa maldita sensación de que ésto es de a dos y cuando uno no quiere…
El problema es que este nuevo ejemplo de martes o jueves a la noche tampoco parece funcionar. Tenemos al menos la certeza de que es de a dos pero ni siquiera así. Ni siquiera así.
Hace muchos años me dieron el sabio consejo de convertirme en un “cabeza dura bien”. Creo que lo soy. Creo que mis viajes, mis intentos, mis apuestas con ojos cerrados, dicen que definitivamente lo soy. Los años me han convertido en eso. Y quizás por esto sé que el próximo martes estaré allí, caminando en círculos buscando tu rastro. Y quizás tu trabajo, y ¿también ganas?, hagan que estés ahí, caminando en círculo, dejando un breve rastro cual “Hansel y Gretel”.
Por mi parte el próximo fin de semana tengo uno de esos encuentros a los cuales no quiero faltar. Uno de esos momentos que necesito encontrar. No importa la distancia, no importa el miedo, el tiempo, las calles. Necesito lograr ese encuentro que lleva una demora de muchos años y que alguien tiene ganas de permitirme llegar a ese estado. Treinta y dos años después llegó el momento de prender el GPS, escuchar el re calculando, y doblar en la próxima rotando. Es tiempo de confiar en esa voz “gallego” que indica el camino correcto.

18 de mayo de 2012

Nuevo perfil de Facebook


Me duele el nuevo perfil de facebook. A la derecha de mi pantalla tiene ese historial año por año que al verlo no puedo evitar entrar en algún links puntual. Y al hacerlo no puedo evitar leer estados, comentarios, simples chistes que allá tiempo y hace lejos daban otra imagen a los días que venían. Nunca voy a saber si estos días fueron mejores o peores pero el resto de mi vida voy a tener la certeza de que fueron distintos. Y de que me hubiese gustado no perdérmelos.
No puedo engañar al corazón. Quizás si a la cabeza pero no al corazón. No a la nostalgia. Después de meses sin escribir recuerdo esos días y mis dedos empiezan a funcionar nuevamente. No sé por qué. Pero sé que es por algo. No puedo negarlo. No puedo negar que seguís teniendo ese poder en mí. Ese que espero que alguna vez se vaya.
Te lo dije hace un rato. Daria mi vida por estar en tu lugar. Los hospitales son casi mi segunda casa. Me conocen, me quieren, me tratan bien, me hacen compañía, y hasta se esfuerzan en que me toquen enfermeras jóvenes y lindas que me dan comida con sal y porción doble de postre. Así que deberías aceptar y cambiarme el lugar. Después de tantos años sigo pensando en uno, la libertad de tu cuerpo la necesitas vos para pensar en tres o, sobre mi pesar, en cuatro.
Mientras tanto tengo esta estúpida e inútil sensación de demora. Si. Justo a mí. A mí que tengo una obsesión por los relojes y la puntualidad. A mí que desde hace más de un año me puse la penitencia de dejar de usar reloj, pero que para lo único que sirvió es para gastar el botón de encendido del celular y para quemar mi brazo de forma pareja.
La sensación que hoy tengo es la misma que siento cuando llego a casa. Abrir la puerta del edificio. Ver a lo lejos que el ascensor me espera en planta baja. Sentir esa sensación de “triunfo” básico e idiota. Acercarme. Estirar mi mano hacia la puerta. Y justo unos centímetros antes alguien lo llama y se va… Tarde. Siempre tarde. O lo que es peor, a veces demasiado temprano. Demasiado rápido.
Muchas veces, no todas, me lleno la boca y el pecho de orgullo diciendo “prefiero arrepentirme de lo que hice y no de lo que no hice”. Es re linda la frase y creer que lo hago también me hace sentir bien. Muy bien. Al menos me hace salir de los ratos de ahogo en los que no puedo ver, ni sentir, ni respirar.
De pronto recuerdo que estoy mirando una película y entonces pongo nuevamente los ojos en el plasma y leo a Nicolás Cage que dice “Necesito q me recuerdes como soy ahora, en este momento. Guardalo en tu corazón para siempre, guardalo. No importa lo que pase. Debes hacerlo porque sino es como si no hubiese pasado nada y no puedo vivir con eso. Debes prometerlo.”
Será por eso entonces que escribí? Sera esta película que trae los recuerdos y las ganas inevitables de tocar el teclado? Será que llegué a la parte más triste de la película? No sé que es ni sé como sigue. Ni siquiera sé si sigue. Y si lo hace no sé si sigue bien. Porque hace un rato aprendí que con las ganas solas no alcanzan, y de verdad… tengo tantas ganas de que siga bien. Tantas…
Entonces me veo golpeando la puerta de una casa que conozco. Preguntando por alguien que no conozco. Y escuchando la respuesta de equivocado. Sintiendo el vacio de algo que perdí aunque en realidad es algo que nunca tuve.
Una vez, hace muchos muchos años, me dolía terriblemente la cabeza. No lo podía soportar. Llegue a casa del trabajo y mi vieja me dijo que con mi mano le toque la cabeza a la perra. Que ella, porque me quería, iba a tomar mi dolor. Me lo sacaba a mí y se lo quedaba ella. Y así pasó. Al poco tiempo ya no me dolía. Son épocas en las cuales me toca hacer de mascota que saca el dolor. Y la sensación que tengo es que duele. Es un dolor terco, de esos que no se quieren ir, es un dolor de cabeza dura, de esos que me provocan decir “yo puedo con esto”, es un dolor esperanzador, de esos que me dicen “algo bueno va a salir”. Esa sensación, quizás mas deseo, de que todo va a ir mejor.
Es horrible acordarme de vos. Es lo más feo que me pasó en los últimos años. Supongo que, como tanto, ya pasará. Que bueno sería que tu distancia de cientos de kilómetros la pudiera poner en práctica en esta cabeza dura, de rulos arremolinados.
Tengo ganas de llorar. No quiero hacerlo porque sé que raramente me trae alguna solución. Pero tengo ganas de llorar, gritar y zapatear como nene caprichoso que sabe que al hacerlo los padres le van a dar el gusto. Sin dudas fui un caprichoso y lo sigo siendo. Pero estos días de “adulto” o esta vida que se supone me va convirtiendo en un hombre es lo suficientemente real como para darme cuenta que haciendo eso no gano nada. No se soluciona nada. Pero sin embargo no es tan adulta como para dejar de sentir esas ganas de zapatear y que las cosas se solucionen. No importa como pero quiero que se solucionen. No quiero sentir este vacío. Quiero eso que quiero y esta tan lejos. Y quiero tenerlo ahora. NO quiero esperar más. No quiero construirlo porque siento que ya lo hice y lo merezco. Que ya pagué las cuentas en rojo e incluso di de mas. Ahora quiero esto. Lo quiero ya. Y no sé cómo hacer para que alguien se de cuenta que lo estoy pidiendo por favor. Para que registren que ya no tengo más fuerzas para seguir. Para que me den aunque sea como adelanto algo de esa dosis que pienso llenara este vacío. Lo quiero. Lo necesito. Pero simplemente no está. Simplemente no registra cuanta falta me hace y de registrarlo no cambia nada porque simplemente ella no quiere lo mismo. Simplemente ella es feliz donde está y con quienes está. Su cara y sus palabras demuestran lo feliz que es y demuestran que no me necesita. Que ya no va a volver. Que quizás nunca estuvo. Y yo acá. Con ganas de llorar pero con lagrimales secos que no me dejan. Acumulando angustia que en breve pasará o se esconderá. Porque al fin y al cabo el aprendizaje mas importante es que, como tantos, no soy eterno ni siquiera en el dolor….

Pd. Este texto es de fines de Enero. No recuerdo bien en que estaba, o quizas sí... como olvidarlo?

14 de mayo de 2012

Semana para tí


Me subí. Bajé unas cuadras antes de llegar. Fue un instante en el que me invadió la sensación de pasarme de largo. Sentí la ausencia de mi Guía T modelo 2005.
Crucé la calle, no sé cual, y empecé a caminar. Con miedo, sí, pero tenía ganas de encontrarte.
Seguí mi camino. Miraba monumentos como quien mira un viejo álbum de figuritas que nos hace retroceder en el tiempo. El miedo me invadió y quise bajar la cabeza, mirarme los zapatos. No lo hice. Por suerte no lo hice. Seguí mi paso con ganas de bajar la cabeza para contar hormigas o la cantidad de hojas secas esquivadas. Sin embargo la frente iba alta, los ojos abiertos, y los sentidos a pleno… buscándote, o quizás buscándolos.

Te recuerdo los lunes y los martes y te he de confesar que todavía me llega como el roce de tus dedos tu mirada de aire y de agua fría.
Me esforcé en esquivar tu esquina. Camine por tu barrio. A mi falta de conocimiento le sumé la ayuda del google maps para asegurarme de no hacer por error cien metros de más. Y no los hice. Frené y doblé antes. Pero pasé por galerías, kioscos y plazas donde también el tiempo nuestro fue compartido. Me doy cuenta, derrotado, que solo pude esquivar la esquina, esa esquina, nada más. El resto no pude. Es que hay ratos en los que ni siquiera quiero.

Te recuerdo los miércoles y jueves; esa piel donde todo estaba escrito, los versos de Neruda y los papeles de amor que te dejaba entre los libros.
Salí y ví la panadería. No quise doblar, decidí seguir. Pasé por lugares nuevos pero a esa altura la mente me llevaba mucho tiempo de ventaja. Convenció a mis ojos de la que humedad es mejor. Y esas calles desconocidas se convirtieron en lugares que nunca pisamos pero bien podríamos… pero ya no.

Te recuerdo los viernes y los sábados, tu pelo con olor a madre selva, tu pecho como un pájaro asustado.
Como un sentenciado caminé hacia mi destino final. Mis ojos repasaron aquel lugar que parecía un ex campo de batalla inundado de nostalgia. De tus pasos, mi risa, tu perfume. Llegué al final y comparé a esos 75 kilos que caminaban con aquel. Siempre, siempre, es mejor aquel.

Los domingos me acuesto entre tus manos. Beso despacio el sueño. Callo y bebo, sorbo a trago, mi nombre de tus labios.
Subí y me senté en el mismo lugar: El anteúltimo asiento individual del lado del conductor. Me sorprendí mirando las calles, entendiendo el recorrido, y con el teléfono en mis manos como en aquel tiempo. Como cuando esas quince cuadras parecían eternas y necesita la sensación de saber que aun estabas ahí. Lo miré pero no escribí, al menos me queda la sensación de no gambetear el momento. Yo no nací en Flores como Manuel Mandeb pero al igual que él no tengo ninguna intención de hacer ese dribling. Y la sensación es cruel y real. Ya no estas ahí. Quedaste, quedamos, y me quede, en algún lugar. En algún día perdido de un antiguo otoño...