27 de enero de 2013

Línea del Ecuador

Hace dos madrugas alguien vio un viejo cuchillo. De esos oxidados que uno tiene cada tanto clavado en el pecho. Es algo parecido a las cicatrices. Creo que ya lo conté antes pero hace como 20 años me caí de la bicicleta y me lastimé la rodilla. Me hicieron seis puntos, como dolía!!
Hoy ya no duele. Pasó hace tanto tiempo que ya no es una marca mas. No resalta. No se distingue. No habla. No hace ruido. Casi no existe. Pero hay veces que cuando me siento en la cama y me comienza a vestir la veo. La toco. Y me acuerdo, y… ay! como dolía, ay! como duele!!
Los años fueron sumando otras cicatrices tratadas siempre en la guardia de hospitales cercanos. De esas que ya no duelen.
En algún momento llegaron otras que no se tratan en hospitales. Digamos que son viejos cuchillos oxidados que uno va coleccionando clavados en el pecho. Y que cada tanto una palabra, una esquina, una canción o una película hacen que se corra unos milímetros y vuelve a doler. No es solo recuerdo sino que es dolor, hasta uno ve que la herida supura, que la piel que la rodea se pone roja, y que los pulmones notan la falta del aire como si todo sucediera otra vez hoy.
Hace dos madrugadas alguien me preguntó que era eso clavado. Y el cuchillo, oxidado por el tiempo, tomo protagonismo nuevamente y comenzó a doler. Como antes, como casi siempre.
Hay cosas que vienen con uno. Quizás lo mas terribles es conocerlas y verlas, al menos en momentos, imposibles de ser superadas.
Pensaba en los buenos momentos. En como en el mejor estado me preocupo y ocupo de encontrar algo gris. De buscar problemas. De extrañarlos. De necesitarlos. Y de hacer todo para recuperarlos. Para sentir ese frió en la sangre, ese hielo cayendo sobre la espalada. De cómo me encargo de buscar algo que arruine mi casa, mi trabajo, mis días. Buscar la derrota, ser un mal ganador. Quizás es una de las peores cosas que tengo.
También pensaba en los momentos malos. En esos en cuales me siento debajo de un montón de escombrados. Sólo. Atrapado. Y sin embargo me las ingenio para encontrar un rayo de luz entre las piedras, una bocana de aire de fresco que me ayuda a respirar. En pensar que esto no puede ser todo. Esa forma agotadora de seguir, ya sin estar tan seguro de ser una cualidad afortunada. Quizás es una de las mejores cosas que tengo.
Y en el balance de la noche, cuando me pongo en una posición neutral, cuando soy como la aguja de la balanza de una verdulería, encontrando un punto medio entre la oscilación del máximo y el mínimo, me pregunto cuan afortunado o desdichado soy con esto. Reniego de este estado cambiante que no me deja ni de un lado ni del otro. En los ratos buenos no logro sentirme lo suficientemente pleno para poder disfrutarlos. En los malos ni siquiera tengo la constancia del dolor y el dejarme estar.
Siempre hay una pregunta mas que responder. Una habitación que limpiar. Una cama mas de hotel que armar.
Es esta oscilación quizás lo que dibuja el ceño fruncido en las buenas, y llena de aire mis pulmones en las malas.
A veces, en estos ratos neutros, quizás los pocos, trato de cerrar los ojos e imaginarme de un lado o del otro. Definitivamente. De aceptar lo que sea y hacerlo lo mejor posible, ya sea disfrutarlo o dejarlo pasar. Pero es esta indefinición, este caminar sobre la línea del ecuador sin estar de un lado o del otro del hemisferio, la que quizás me muestra en el lugar mas inexplicable, triste, alegre, y vació en el que me haya visto algunas vez.

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