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12 de enero de 2014

El dolor

El príncipe Ianos Kusnitz era uno de los hombres mas poderosos de Polonia.
En su castillo, cercano a Cracovia, disfrutaba de todos los placeres que la riqueza suele facilitar. Era un hombre muy galante y como carecía de cualquier escrúpulo tenia numerosas amantes a las que atendía en forma sucesiva o simultánea. También era excelente cazador, poeta, tañedor de citaras. Su vida era muy intensa e interesante.
Hasta que un marido celoso dispuso que unos magos lo hechizaran.
De resulta de este maleficio el príncipe Kusnitz empezó a sentir un dolor agudizo y permanente en un punto situado entre los omoplatos. No era un dolor extenso pero su intensidad era tal que al príncipe le resultaba imposible registrar cualquier otra sensación que no fuera ese dolor. Los médicos de la corte no alcanzaron a explicarse el origen de aquel mal pero los astrólogos pronto le dijeron que el dolor lo acompañaría toda su vida y que solamente desapareceria una vez por año el día de san juan. Desde entonces el príncipe vivió en perpetua sufrimiento.
Cada 24 de junio, sin embargo, libre de todos sus tormentos se entregaba a unas actividades asombrosas que incluían banquetes, cacerías, cantos y cabalgatas de toda índole. Al amanecer el 25 de junio el dolor se presentaba puntualmente y el príncipe solo tenía tiempo de quejarse.
Al cabo de algunos años advirtió que los placeres del día de san juan estaban contaminados por la certeza de su carácter de efímeros y que no podía gozar de ellos. Desde entonces su día de alivio lo usaba para sufrir por el día siguiente.
Los astrólogos después de arduos procedimientos mágicos le consiguieron nuevos días de gracia. El día de todos los santos, el día de navidad, la pascua de resurrección. Pero el príncipe no aprovechaba aquellas jornadas y hasta podría decirse que sufría mas durante ellas.
Pasaron los años, los magos redujeron los días de tormento y aumentaron los de gracia. Finalmente resulto que el príncipe sufría su dolor en los omoplatos solamente un día por año aunque no era posible establecer la fecha exacta.
Kusnitz nunca volvió a disfrutar de los placeres del cuerpo y el espíritu, se la pasaba encerrado en su alcoba gimiendo, gritando, llorando, y temiendo la visita del dolor.