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2 de abril de 2014

Las veces...

Hay veces en las que creo que no hay nada que pueda hacer. No sé como explicarlo, es algo que se siente y no tiene muchas letras para decir que o cómo es.
Solo se que en esos instantes los pasos son mirar para atrás pero para llenar la bolsa del haber. Contar los días para atrás sin la nostalgia de lo perdido sino mirando las huellas de lo conseguido en el camino. Y mirar lo que viene. Quizás mirarlo sin fechas, sin tiempos, sin figuras humanas que lo rodean, pero hacerlo sabiendo que solo será cuestión de tener ganas, de desear, de caminar y de llegar a eso. Porque hay algo seguro en esos momentos, cualquier cosa, material o afectiva, se que va a llegar. No hay otro futuro que no sea conseguirlo.
Hay veces en las cuales siento que paso la barrera. Me acuerdo de Punta Alta y de Puerto Belgrano. En mi familia inmediata nunca hubo alguien que sea militar para poder pasar la barrera de entrada cuando yo quisiera. Ni fui a su escuela técnica. Ni nada.
Mis entradas en la base fueron a la pileta cubierta de suboficiales y a jugar al básquet al estadio con mi primo Emiliano. De esto ultimo recuerdo que íbamos en bicicleta. Él y su hermano tenían pase entonces yo usaba el de mi primo menor, lo mostraba de lejos sin parar la bicicleta, solo disminuyendo la velocidad, y me aprovechaba del control no tan estricto de la Policía Militar.
Las otras visitas fueron en los días de puertas abiertas. En algunas fechas especiales los militares querían amigarse con el pueblo entonces los civiles podíamos pasar, recorrer el puerto, subir al portaaviones Independencia, dar una vuelta en anfibio. Todo un día de paseo. Era como un Aquasol gigante pero sin juegos de agua, aunque con la misma fila de espera cada vez que queríamos ver un barco de guerra por dentro.
Hay veces que me siento como en ese día de “Puertas Abiertas”. Son momentos en los que la barrera está alta, no se necesita un “pase a la base” y puedo pasar esa l
ínea. Y allí viene esa sensación de que todo lo puedo, de que no hay nada prohibido, de que solo es proponérselo y buscarlo, de que soy realmente yo. Al 100%. Yo.
Hay veces en las que me tengo que subir a la bicicleta, mostrar de lejos un carnet trucho para que no sea vea la foto y pasar. A veces no importan tanto los medios. Lo que vale es pasar la barrera y saber que una vez dentro sigo siendo yo. El del 100%.

Me canso de ser hombre

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin Embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas...

Pablo Neruda