La linea del Ecuador

Hace dos madrugas alguien vio un viejo cuchillo...

Luna

Nuevas investigaciones detectaron grietas en la corteza de la luna...

Los Gorriones

Muchas veces veo revolotear gorriones cerca de los autos, en los jardines...

12 de julio de 2014

Un invierno Argentino, o dos, o tres...

No tengo ni el menor recuerdo de lo que hacia la noche del 7 de Julio de 1990. La previa a la final del Mundial de Italia.
Todas las certezas surgen por una cuestión de conclusiones, de sumar, de relacionar, de asociar momentos.
Sé que estaba en la casa de mi abuela. Sé que no estaba enfermo. Es muy probable que me haya acostado tarde. Es muy probable que unas de las últimas cosas que haya hecho fuera mirar mi álbum de figuritas Panini incompleto. Repasarlo. Leer el fixture completado con lapicera, con letra de nene, ver como llegamos desde ese partido olvidable, aunque inolvidable, con Camerún, hasta la previa de la final en el Olímpico de Roma.
Supongo al día siguiente lo esperaba nervioso. Lógico, era mi primer final consciente de un Mundial de Fútbol. Era el momento en el cual, ya en su ocaso, descubría a Maradona. Eran los momentos que salía a jugar a la pelota disfrazado de arquero y que ante cada atajada de un penal decía “Goycooooocheeeeeaaaa”.
Sé que estaba a meses de cumplir once años. Y también se, que si a ese nene que dormía hace 24 años en una casa perdida de Punta Alta, que iba a quinto grado, que miraba el futuro con inconsciencia pero también con temor, alguien le mostrara todo lo que iba a hacer en los años próximos su respuesta, sin dudar, hubiese sido “de verdad? donde firmo?”.
Éste, el que escribe hoy, quizás no tan consciente del privilegio que tuvo durante este tiempo, ya a meses de cumplir 35 años, sé que está fumando, que se dormirá tarde, que en breve va espiar su álbum de figuritas Panini, incompleto como aquel, esperando, también con nervios, que mañana sea un buen día. Ya sin la casa de su abuela, sin aquel televisor Telefunken color, sin su quinto grado de la primaria a la mañana, sin hogar con ruido, sin mascotas, aunque en parte con la misma inconsciencia de que pasará en el futuro, y con los mismos miedos.
Tambien sé que en el 90, al igual que ahora, tampoco estabas vos.
Mañana a las 16hs será mi segunda final de mundial consciente, la tercera desde que nací. Nada mal para mis 34 años.
Mañana a las 16hs será un domingo más, como tantos pasadas, como tantos que vendrán. Y con la esperanza, o la esperanza de tener esperanza, de que si me cruzo en mis sueños con un tipo parecido a mí pero 24 años más viejo, y me dice que a mis 58 años voy a tener todo lo que llegue a tener, mi cara y mi respuesta sea como la de ese nene: “de verdad? donde firmo?”.

2 de julio de 2014

No entiendo tus ojos, ni tu voz adivino...

Creo que le he dedicado mucho espacio en este blog a los vacíos. Parece algo contradictorio pero he llenado este lugar de caracteres que tratan de explicar las faltas.
En estos días puedo identificar sin pestañar, sin tomarme un mínimo segundo para dudar, los vacíos que me acompañan en mis días. Son infinitos pero ese rato que me lleva caminar ocho cuadras a la tarde son de los peores que recuerdo. Entiendo que también son los recientes, que la sensación de actualidad le agrega mucho más peso, pero al menos debería aceptar que son minutos que están entre los tres primeros momentos.
Llegar a casa. Dejar el bolso en el sillón. Caminar a la habitación. Sentarme en la cama. Cruzar los pies y sacarme el primer zapato. La primer medias. Masajearme con mis manos la planta del pie derecho. Se lee tan desagradable como triste. Mirar la puerta cerrada del placard. Pensar. Repasar imágenes como si fueran fotos. Poner postura de buen perdedor. Aceptar. Sentir en el fondo que esto no puede ser todo. Que algo más debe haber. Que las cosas nunca quedan así. O que al menos no deberían.
Luego resignarme, sacarme el otro zapato. La otra media. Caminar descalzo al living. Buscar la complicidad del ruido de la tele para que no me aturda el silencio. Sentarme en el sillón. Pensar. Sentir cosquillas. Querer llorar sin poder. Hacer repaso. Resignarme. Nuevamente pensar que debería haber más, que si tan solo pudiera estirar un poco más la agonía. Darme cuenta que miento peor de la que pensaba.
Luego catarata de desengaño. Baño de realidad. Pestañar un par de veces más.
Por suerte ya es mañana. Aunque atrasaría los días. Retrocedería cada uno de sus segundos para que el almanaque no avance. Ya no es mi momento de volver al pasado pero daría tanto, tanto, porque siga siendo hoy. Me da miedo mañana. Y mañana ya está acá. Ya me toca timbre. Ya llamó al ascensor. Ya marcó el cuarto piso, y hasta ese ruido de puerta de reja es ella a punto de buscar el departamento “i”. Ya está acá. No sirve decir no estoy. Tiene llaves. Entra.
No encuentro ni el regreso ni el camino. No entiendo tus ojos, ni tu voz adivino…