10 de agosto de 2017

65 días

Hoy se cumplen 65 días de aquella mañana en la cual aún creía que mi final estaba escrito. En cada despertar, al girar la cabeza y verte muy cerca de mi almohada, recuerdo casi todos los detalles de aquella mañana.
Faltaban unos pocos minutos para las diez, se me hacía tarde, subí apurado las escaleras del subte de Santa Fe y caminé mucho más rápido aun las cuadras siguientes costeando las vías del ferrocarril en Juan B. Justo.
Tenía, incluso hoy, mi celular con sus auriculares nuevos, aquella campera negra con cuello y puños gastados, un bolso EXO en el hombro y mi infaltable atado de puchos acompañando el vicio.
Era principio de mes, pero lo era para los normales. Hace más de cinco años que me acostumbre a cobrar mi sueldo los días veintipico de cada mes entonces aquel miércoles 9 me encontraba con el dinero justo. Sin sobrar nada. Con algún faltante. Me quedaban aun por pagar unas cuatro interminables cuotas de aquel viaje inolvidable a Buzíos y un par de meses más del préstamo laboral.
No eran los mejores días, aunque, para ser sinceros, tampoco era de los peores. Había logrado dejar atrás los gritos, las peleas, las noches de dormir mirando el techo, la inhibición, y también las palabras atragantadas. Tampoco había ya nostalgia del pasado, aunque sí esa inseguridad y ese miedo a nuevos contrapasos, al engaño, al reproche propio. Tenía una mochila llena de esas cosas y también tenía una valija que desbordaba de consecuencias.
Sin embargo, aquel miércoles de junio, llegué con mi aliento agitado, no estoy seguro, pero no podría discutir si alguien me dice que llovía, y una hora después te vi. Es extraña la vida, estabas ahí, sola, parada en la puerta de una farmacia que me traía recuerdos de sangre, con tu mirada ojeando las revistas del puesto de diario que está en la vereda.
Sinceramente ese día me fue imposible pensar en que aquel encuentro iba a ser el inicio de esta historia que lleva poco más de dos meses, pero sin dudas algo pasó. No sé si fueron nuestras miradas, ni la seguridad como quien ya ha perdido todo con la que me acerqué a vos, no si fue tu piel blanca de invierno, o ese tono entre azul y celeste de tus ojos, ni aquella sonrisa con cara de “acá estoy, ¿qué vas a hacer?” o que a partir de ese momento hayas decidido seguir mis pasos hasta hoy, pero lo cierto es que no fue un momento más. Fue, quizás, uno de los más importantes de mi vida. Nunca antes, ni hasta ahora nunca después, logre ese sentir.
Y si aquella mañana la guardaré siempre en mi mente y en mi vida, lo que vino después es un tatuaje en el alma. Me han dicho que los tatuajes deben ser siempre impares, en mi cuerpo no tengo ninguno, pero ese del alma que se empezó a escribir aquel miércoles a las 11 de la mañana es el único, e impar, que quiero tener el resto de mis días. No me hacen falta más.
Bienvenida a este lio Zol. Aunque desde aquel momento acordamos que esto duraría no más que 18 meses, lo pasado lo hace, lejos, el rato más importante, más inesperado, y más maravilloso de mis años.
Que termine en paz.

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