22 de agosto de 2017

Eclipse de Zol

Hace poco más de dos años bese el suelo. No caí, pero el tropiezo me dejó con las rodillas en el piso; la palma de mi mano derecha apoyada en la tierra y la izquierda tirando manotazos para quedarme.
Hoy, en un feriado eclipsado, recordé aquel momento. No fue fácil, no fue corto. Me llevo más de 20 meses en los cuales seguí sumando tropiezos a pesar de no verlos en ese momento. Desde aquel día todo fue en bajada. Me convertí en una nueva persona aun siendo la misma. Me atraganté con aquel presente, y sumé silencios y decepciones propias y ajenas.
A la distancia me molesta no haber tenido todos mis reflejos, haberme convertido en otra persona. Y, principalmente, me arrepiento de no haber podido manejar ese momento con palabras en lugar de acomodar todo en esta frágil garganta. Quise creer que las cosas se solucionarían, pero sabía que no había forma de que eso pase sin poner algo de mí. ¿Y saben qué? No puse nada. O lo hice, pero de forma incorrecta. No supe ser lo suficientemente egoísta y mi inexperiencia y mi débil personalidad me paso una factura que recién terminé de pagar hace un par de meses.
Hoy pasé todo el día con Zol y tuve algunos momentos de deja vu que me llenaron de recuerdos mentales y físicos. Hacía mucho no disfrutaba tanto el silencio y la compañía de alguien. No quiero decir que nunca lo hice porque sería mentira, sino que me refiero a que lo de hoy fue uno de esos momentos en los que sé que pensaré antes de cada decisión que tome en mi vida. Hubo, como dije, muchos momentos de silencio en los cuales se escuchaban solamente respiración y un par de pies fríos sin medios; también de charla de historia y debates de ideas; hubo risas, muchas, muchísimos; bailamos cuarteto casi media hora escuchando un canal de YouTube.
Zol tiene esa virtud de ocupar cada uno de esos lugares vacíos que necesito que alguien ocupe y a su vez sabe dejar libres los que aún no quiero, o no estoy preparado, para que se llenen.
La noche del lunes está terminando y por primera vez desde aquellos fines de semana en Mar del Plata del 2009 siento paz. Una calma paz.
El lunes termina, son casi las doce y, sin embargo, a pesar de las persianas bajas y las luces de la casa apagadas, estos metros cuadrados de caballito están inundados de ella. Sale el Zol, y no solo no quiero que se vaya… simplemente no se va. No hay luna que la oculte ni siquiera por tres minutos. Su presencia es un eclipse imposible y yo respiro, en paz respiro…
Ya no quiero dormir. Quiero seguir con mis ojos bien abiertos. Quiero ver los motivos que me llevaron acá porque creo que si uno no sabe cuales son los motivos que lo llevaron a estar bien entonces cuando nos toque la mala no vamos a saber cómo volver. Y hoy, yo lo sé.

Bienvenida a este lío.

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